sábado 15 de agosto de 2009

La Paloma

Vídeo de chenier24

lunes 20 de julio de 2009

Felicidades, Mr. Ripley

Te deseo toda la felicidad del mundo, que es poca para la que te mereces, y brindo porque sigas siendo el mitómano con que toda estrella sueña...

Vídeo de pianofixer898

martes 7 de julio de 2009

Demasiado pronto




Like a comet
Blazing 'cross the evening sky
Gone too soon

Like a rainbow
Fading in the twinkling of an eye
Gone too soon

Shiny and sparkly
And splendidly bright
Here one day
Gone one night

Like the loss of sunlight
On a cloudy afternoon
Gone too soon

Like a castle
Built upon a sandy beach
Gone too soon

Like a perfect flower
That is just beyond your reach
Gone too soon

Born to amuse, to inspire, to delight
Here one day
Gone one night

Like a sunset
Dying with the rising of the moon
Gone too soon...
Gone too soon


sábado 4 de julio de 2009

Y el misterio del amor es más grande que el misterio de la muerte...


Y la música de Strauss fue más grande que el pésimo montaje a que sometieron esta obra decadente y maravillosa que es Salomé. Eso, y la voz de Nina Stemme, espléndida en el papel protagonista. Hablo de la función del pasado 1 de Julio en el Liceu de Barcelona, a la que tuve el placer de asistir y de la que salí con un regusto amargo... sería la sangre. O el amor. O tal vez fuera el cabreo monumental que agarré tras contemplar cómo una de las óperas más intensas, apasionadas y turbadoras de la historia era vilipendiada ante mis ojos sin que nadie hubiera hecho algo por evitarlo. Porque una producción puede ser clásica, moderna, recargada, minimalista, explícita, críptica... pero en mi opinión siempre debe estar al servicio de la música. Usted, señor director de escena, sea quien sea, no es el protagonista aquí. Al menos no lo es más que Verdi, Mozart o Strauss. Usted no puede pretender hacer un discurso paralelo al de la ópera, al menos no si esto la perjudica o desvirtúa. El montaje de Guy Joosten, en mi opinión, perjudicó mucho la obra de Strauss. No porque la estética en general dejara mucho que desear (escena fea y pobrona) o porque los trajes enfriaran considerablemente un entorno que debe ser de todo menos frío. Ni siquiera son lo peor de esta producción su torpeza dramática y su antiteatralidad. Lo peor es que pulveriza literalmente el ambiente creado por Wilde y Strauss, que es la principal seña de identidad de Salomé. Ese clima opresivo, sofocante, misterioso, ese ambiente viciado de perfumes mareantes y deseos desbocados, de amor enfermizo y aleteos lúgubres y proféticos... Todo eso queda, en este montaje, a expensas únicamente de la música, que además debe luchar por prevalecer sobre todo lo que, en escena, le está llevando la contraria en una especie de vodevil rancio y acartonado.


Todo es pobre en este montaje, todo ralla el ridículo más irritante. El Bautista, Mark Delavan (cuya voz encontré con poco volumen para este papel), se pasea por la escena, aparece y desaparece, en lo que quiere ser una especie de presencia misteriosa y resulta un mareo aburridísimo. Herodes, caracterizado como Karl Lagerfeld (el brillante diseñador, convertido aquí en clown, quiere simbolizar algo como la ampulosidad vacua de la época actual, o vaya usted a saber qué otra sandez), da saltitos de acá para allá, le quita la silla a su opulenta mujer, la reina Herodías, la pecadora incestuosa, que cae de culo o hace eses y ríe a carcajadas, pasada de champán. Ambos parecen sacados de Matrimoniadas, y es una lástima, porque ninguno de esos dos personajes es un payaso y los dos fueron cantados de manera excelente por Robert Brubaker y Jane Henschel. El baile de Salomé, por supuesto, no es tal baile. Durante estos minutos de música sensual, la Lolita de Judea se pasea por debajo de la mesa (a lo que los comensales van lanzando gritos de sobresalto) y saca una cinta de vídeo que proyecta sobre una sábana, en la que Karl Lagerfeld ha grabado una película casera de la hija de Nina Stemme y Nina Stemme, alternativamente, cepillándose el cabello. Como lo oís. Cielos, sí, la venganza de Salomé, se ha invadido su intimidad, este Herodes borrachín y clown se ha excedido un poco en el pasado, cuántas cosas nos quieren decir, qué de significado, arte puro, talento a raudales. Salomé no baila, pero hay un vídeo casero en una sábana ¡y luego el proyector se vuelve hacia el público, en el colmo de la transgresión! Vivan las mentes brillantes.

¿Y el final? ¿Qué hay de ese crescendo magistral que culmina con la princesa besando la boca muerta de Jochanaan? Pues hay un grupo de gente, invitados a la fiesta y soldados-guardaespaldas, corriendo de un lado a otro del fondo del escenario al más puro estilo Benny Hill mientras Salomé se pregunta, en lo que es uno de los momentos álgidos de la ópera, por qué no grita el Bautista. El Bautista que, por cierto, también cruza la escena, como los muñecos de guiñol, mirando hacia atrás a ver si lo sigue el grupo de Benny Hill. Todo contribuye, ciertamente, a acercarnos al clímax de la obra. Clímax que se alcanza, pero sólo gracias a la genialidad de Strauss y a la interpretación magistral de Nina Stemme, porque es muy difícil hablar a una cabeza arrebatada de deseo sentada en una silla de plástico blanco sobre una mesa de salón de bodas de extrarradio urbano. Y porque cuando Herodes ordena que la maten, no sólo no lo hacen sino que aparece -sí, otra vez- el Bautista de detrás de una esquina y, con los acordes finales, se la queda mirando como diciendo "aquí estoy yo, porque he llegado". Tanto mensaje, tanta inteligencia y perspicacia me maravillan. Difícil mantener la emoción, pero ella lo hizo. Ella estuvo soberbia, a pesar de todo. Inmensa de principio a fin: gran voz, gran actriz, admirable dominio del personaje. Consiguió besar la boca de Jochanaan, como el director de escena ha conseguido que hable más de él que de la música. Sólo ahora me doy cuenta... sabía que si la mirabas así pasaría algo terrible.


Pero qué más da, la música de Strauss fue más grande, y a servidora se le erizó la espalda y se le llenaron los ojos de lágrimas con ese final, uno de los más intensos y hermosos jamás escritos. Sólo desearía que obras maestras como Salomé y cantantes de la talla de Stemme no vieran mermada su tremenda potencia artística y emocional por puestas en escena mediocres como esta de Joosten. Espero que en el Real, la temporada que viene, tengamos más suerte y podamos disfrutar de ambas cosas, si no con una producción brillante, al menos con una que no moleste. Por cierto que la orquesta del Liceu, con Michael Boder a la batuta, no sonó nada mal esta vez. Al César, lo que es del César.

Y no puedo terminar sin hablar de lo mejor de Barcelona después de su Mediterráneo, su pa amb tomàquet y esos baños del Liceu donde una se siente prima donna: Mei, Joaquim, Colbrán y una charla bebiendo Atrium sobre la Rambla... ¿qué más se puede pedir? Volver pronto, claro está.

lunes 29 de junio de 2009

Más vale tarde que nunca: Rigoletto en el Real


Qué queréis, una es caótica. Como iba a asistir a varias representaciones de este Rigoletto, decidí esperar a ver todos los repartos para contaros qué me parecieron, y al final con tanta emoción se me echó encima la Valquiria... pero no puedo pasar sin hablar de ello, y no sólo por lo que estais pensando y habéis visto hasta la saciedad en informativos y periódicos. Pero también por eso. Primer bis en la historia del Teatro Real, debut del gran Leo Nucci sobre las tablas madrileñas, una de las grandes obras maestras de la historia... ¡hay mucho que contar, verbeneros!

Y como bien está lo que bien acaba, vamos a empezar por el final, es decir, la función del día 22. O sea, Nucci. Para poneros en antecedentes, no es un barítono que me haya entusiasmado nunca. Pero una es mitómana, y no quería perderme ver en vivo al último gran Rigoletto de la historia operística, así que, como tantos otros, había sacado una entrada para la única función en que el divo iba a cantar. Después de haber visto en tres ocasiones a Zeljko Lucic, que goza de una voz fresca y un canto impecable, las primeras frases cantadas por Nucci me sonaron a rayos. Nunca ha sido su canto un dechado de elegancia, pero a sus casi setenta primaveras apenas queda rastro de él. Sólo pasión, energía y sabiduría en cantidades tales que, mucho antes de terminar el primer acto, que Nucci declamara o directamente gritara prácticamente todo el papel había pasado a un segundo plano: me había ganado por completo.



Para empezar, porque su Rigoletto es el verdadero Rigoletto. En un montaje donde el jorobado no es tal, ni deforme, ni patético; donde la relación con Gilda es una especie de amor-odio violento, de incomprensión en la que padre e hija se empujan, se levantan la mano, no llegan nunca a abrazarse; en un montaje así, Leo Nucci apareció con su joroba, su cojera de bufón de Ribera, su amor paternal e infinito hacia Gilda. Nos regaló su creación, ya legendaria, de uno de los personajes más emblemáticos de la historia de la ópera, demostrando que quien había concebido aquel otro Rigoletto sin joroba que zarandea a su hija se equivocaba. El de Nucci, el de verdad, llegaba infinitamente más hondo, y, sobre todo, subrayaba la música de Verdi, que habla de ese amor del padre por su hija, de la ternura con que la protege, de cuánto le atormenta ser deforme. Se han oído voces, claro está, que protestaban contra lo que entendían como una falta de respeto hacia el director de escena: que si Nucci no había ensayado, que si había ido a hacer el Rigoletto que le había dado la gana saltándose a la torera el montaje... Yo creo que, si de diez funciones en las que todo se sigue a rajatabla, hay una en la que una estrella llegada de otro tiempo arrolla como un huracán lo planeado y con eso enriquece la velada, hace cantar mejor a sus compañeros de reparto, y que el público sea feliz, no se le puede afear nada. Y Nucci pertenece a otro tiempo. Durante aquella función, me sentí como el público que llenaba los teatros en la época de Callas, Del Monaco, el gran Di Stefano... ese tiempo en que los artistas eran carismáticos y excesivos, y no importaba si no eran canónicos o estrictos porque hacían delirar al respetable, porque eran verdaderamente grandes. Nucci bisó el Si, vendetta, tremenda vendetta por el mismo motivo que se puso joroba y mimó a Patrizia Ciofi en lugar de zarandearla: porque le dió la gana. Porque es tan grande que puede permitirselo, porque sabía que eso haría feliz al público (ese público tan estricto y frío del Real, que por primera vez en la historia se desmelenó y arrojó su seriedad palco abajo), porque se sabía dueño del escenario, de la función y del teatro. Y yo, que estaba allí, que me había dado perfecta cuenta de que Nucci ya apenas canta, descubrí también que a veces, muy pocas veces, no es cantar lo más importante. Que la magia de la ópera es también la pasión, el carisma, la fuerza de un personaje eterno como Rigoletto hecho carne y hueso sobre un escenario por un barítono cuya voz gastada te puede hacer llorar cuando suplica a su hija que no se muera, te puede poner los pelos de punta cuando grita La maledizione!.


Siguiendo con esta función, quienes acompañaron al gran Nucci en la noche histórica fueron Patrizia Ciofi en el papel de Gida y Celso Albelo como Duque de Mantua. Patrizia Ciofi estuvo sencillamente magnífica. La recordaba así de los Capuleti de París (sí, aquellos que canceló la Diosa), y veo que no fue una impresión errónea. Con una voz no especialmente privilegiada (el timbre no es bello ni tiene los sobreagudos que sí da Mariola Cantarero, la otra Gilda a la que pude escuchar) consigue hacer una Gilda emotiva, bellísimamente cantada y llena de personalidad. Con un volumen y proyección más que sobrados para Verdi fue, junto a Nucci, quien más aplausos recibió, arrancando los bravos del público en las dos funciones en las que la ví. En otro par de ellas pude escuchar a nuestra Mariola Cantarero, con una concepción muy diferente del personaje. La de Mariola es una Gilda infinitamente más dulce y tierna, más desamparada, delicadísima en sus subidas al agudo (que siempre apiana) y con un timbre mucho más bello que el de Ciofi. En cambio, en conjunto, resulta menos regular, excelente en algunos fragmentos y en otros vacilante o poco audible. No evidenció tanto como en el pasado Tancredi ese vibrato que le afea el canto y que resulta chocante en una voz tan joven, pero le faltó algo para que la interpretación fuese redonda. Aún así, la Cantarero es una Gilda que cualquier teatro del mundo estaría encantado de tener.

¿Y qué pasa con los duques, esos que venían a llenar el sonoro vacío dejado por Juandi cuando anunció hace un año que no cantaría estas funciones? Dos tenores he podido escuchar, dos veces a cada uno por aquello de la "segunda opinión" (en una sola función uno corre el riesgo de quedar influído por su propio estado de ánimo o, aún peor, por una mala noche del cantante). Al primero de ellos ya lo conocía -y admiraba-, se trata de Roberto Aronica. Un magnífico tenor lírico que cada vez va cantando más papeles de lírico-spinto (el tamaño de su voz así lo permite, aunque a los que no entendemos de estas cosas siempre nos queda la duda de hasta qué punto será saludable). Como Pinkerton precisamente lo conocí, junto a la inmensa Cristina Gallardo Dômas, en aquellos tiempos en que en el Real aún se programaba Puccini... El caso es que en estas funciones, como Duca, me ha dado la sensación de que no estaba al 100%. Es lo que pasa cuando admiras a un cantante, siempre esperas que sea el de sus grandes noches. Aronica arrancó, por descontado, muchos aplausos y bravos del respetable, porque su voz es grande y bonita y es un tenor de una pieza. Pero sufrió en muchos momentos (las partes más agudas, el cuarteto) y lo encontré por debajo de sus posibilidades. Espero volver a verlo pronto, y os hablaré de él.

Turno ahora para mi gran descubrimiento (junto a Zeljko Lucic, del que hablaré después) de este Rigoletto: Celso Albelo. Un joven tenor canario (tierra del tenor de tenores) que me dejó boquiabierta con la elegancia de su canto, con la facilidad con que acometió un papel tan difícil como el Duca sin que su voz delatara esfuerzo o incomodidad alguna. Pocas veces he escuchado en el teatro a un tenor cantar Verdi de esta manera, y lo cierto es que salí entusiasmada. La voz es de lírico-ligero, con un timbre fresco y muy bello, nada blanquecino, y el volumen justo (aquí tengo que hablar, y mal, del director musical, Roberto Abbado, que debió de pensar que estaba en Bayreuth porque dirigió a todo decibelio ignorando a los cantantes, y el más perjudicado fue precisamente Celso). Especialmente inspirado en el Ella mi fu rapita y Parmi veder..., cantados con una delicadeza y una elegancia tales que, cuando después supe que había estudiado con Don Carlo Bergonzi, no me extrañó lo más mínimo. Amantes de la cuerda de tenor, belcantistas y los que -como yo- no lo son tanto: hay que tomar nota de este caro nome, Celso Albelo, porque o mucho me equivoco o vamos a oír hablar mucho de él, y todo bueno. Y no quiero mencionar el repertorio francés por no precipitarme, pero... ayer mismo escuchaba su Je crois entendre encore y daba saltos de alegría. Dicho queda.

Para el final he dejado el plato fuerte de la ópera, protagonista indiscutible y muy posiblemente el papel más difícil que Verdi escribió para barítono. Ya hemos hablado del gran Nucci. Ahora quiero hablaros de un barítono que me hizo frotarme los ojos (los oídos, más bien) para ver si era cierto lo que estaba escuchando, si podía existir hoy en día un cantante capaz de convencer con Rigoletto, y no sólo eso, sino entusiasmar: Zeljko Lucic. Lucic convence, entusiasma y asombra con el cañón de su voz, con su hermoso timbre, con su capacidad para cumplir con las draconianas exigencias de Verdi tanto en el agudo como en el grave, con su dramatismo contenido e íntimo (é là, non é vero? é là, non è vero?) . Con ese Cortigiani, vil razza que hizo estremecer hasta mi último cimiento operístico, tan magistralmente cantado, tan elegante, tan sobrio pero tan profundamente conmovedor. Tres veces lo escuché, y cada función salía más convencida de que era verdad, que estaba ante un Rigoletto con mayúsculas, ante un barítono verdiano realmente extraordinario. Él ha sido, con mucho, lo que más he disfrutado de estas funciones de Rigoletto (y he disfrutado mucho). Para que juzguéis por vosotros mismos, os traigo un fragmento de su actuación en Dresde el año pasado:

Vídeo de leporello89

Sobre la puesta en escena mi opinión fue cambiando a mejor a lo largo de las funciones, y de parecerme anodina, impersonal y poco original el primer día la acabé encontrando muy atractiva y plásticamente bella. El gran fallo, como he dicho, que Rigoletto no sea deforme y que su relación con Gilda sea tan tensa. El coro me gustó. Respecto a la orquesta, principalmente creo que estuvo mal dirigida. Ya sabéis que no suelo ser muy exigente en este aspecto porque mi oído es poco versado en cuestiones musicales. Pero una obra maestra de la magnitud de Rigoletto merece ser mejor tratada (y también los cantantes, con los que hay que formar un conjunto y no arrollarlos como hizo Roberto Abbado todo el tiempo). De los Sparafuciles y las Maddalenas no voy a hablar porque ninguno me gustó, pero sí quiero tener un recuerdo para nuestra guapísima Marta Ubieta, una Condesa de Ceprano por la que cualquier duca perdería la cabeza.

Es de rigor que termine esta crónica con mi más honda y sincera admiración hacia el genio de Busetto, el grandísimo Giuseppe Verdi, al que tanto debemos quienes amamos la ópera. Nunca habrá palabras para expresar lo grande que fuiste, Maestro, pero sí puedo decir una vez más: Gracias.


El País

ABC

El Imparcial

Nucci sobre los directores de escena

viernes 26 de junio de 2009

Plácido otra vez. Plácido todavía. Plácido siempre.


Antes de nada, y para quienes querais una crónica más cercana a la imparcialidad sobre esta Valquiria del Palau de Les Arts del pasado 24 de Junio, os recomiendo las que podéis encontrar en los blogs de Atticus, Maac y Titus. También podéis acercaros a la visión de Fedora. Yo no puedo ni quiero, hoy menos que nunca, ser objetiva.


Todos sabíamos que esta Valquiria iba a ser especial. Porque era noche de San Juan, porque íbamos a verla juntos, porque cantaba Plácido Domingo. Intuíamos una noche mágica, y desde luego que lo fue. La ópera es maravillosa, los cantantes eran extraordinarios, la puesta en escena espectacular y la orquesta y el director, de lujo. Pero, principalmente, lo fue porque él estaba en escena. Porque cuando él está metido en la piel de un personaje nada es habitual, todo es único e irrepetible: su fuerza interpretativa, la energía que despliega, el milagro de su voz. El lirismo único que le infunde a Siegmund, la emoción con que transmite el amor y el dolor del personaje, cómo es capaz de convencernos de que cada palabra tiene un sentido, de que cada sentimiento es real, de que no estamos viendo a un señor mayor interpretando el papel de joven héroe, sino a un verdadero héroe de voz fresca y hermosísima. Plácido es el héroe. Un héroe de los escenarios, que con casi 70 años sigue teniendo la voz más bonita que he escuchado nunca, pura potencia, terciopelo, sentimiento. Que se agacha y se levanta cien veces si el montaje lo precisa. Que pone más verdad en un personaje de lo que muchos actores conseguirán jamás. Que sigue asombrando cuando pasa por encima de la orquesta wagneriana, emocionando cuando acaricia a Sieglinde mientras duerme, sobrecogiendo cuando muere sobre las tablas. Y sobrecogiendo también porque ni siquiera la grandeza de los héroes es eterna... al igual que en el Parsifal de Berlín, nos domina la certeza de que estas noches memorables son cantos de cisne, despedidas de los grandes papeles. Los personajes que Plácido ha hecho suyos durante años, que nadie ha cantado como él, van abandonando el escenario en el cuerpo aún imponente del gran tenor madrileño, y sabemos que es muy probable que no sea él quien les vuelva a dar vida, y que con eso mueren un poco. También nosotros.



Pero hablemos del resto de artífices de esta velada mágica, empezando por Sieglinde. Por primera vez escuchaba en vivo a Eva-Maria Westbroek, y quedé impactada por su potentísima voz, por su hermoso timbre y por la maestría con que interpreta este papel (para quienes hemos tenido la fortuna de escuchárselo a Waltraud Meier, el listón está muy alto). Esta bellísima mujer canta con facilidad pasmosa y sin ningún defecto, y además hace suyo el personaje. Es la nueva Sieglinde, sin lugar a dudas. Y la otra gran sorpresa de la noche, Jennifer Wilson, en el papel de Brünnhilde. Una verdadera valquiria, poderosa y guerrera en su grito característico (¡qué agudos espectaculares!) pero tierna y vulnerable ante el amor humano y el rechazo de su padre. Ya os dije cuando ví esta ópera por primera vez que este es el personaje que más me fascina, y la soprano norteamericana hizo que brillara con todo su esplendor. Y además resulta que tuvimos un Hunding de lujo, nada menos que el gigantón Matti Salminen, que inesperadamente cantó esta función por hallarse indispuesto el bajo previsto en un principio... la verdad es que cuando se anunció por megafonía el aplauso fue generoso (espero que se entendiera que en realidad nos alegrábamos de ver a Salminen y no de que el otro señor estuviera pachucho...). Quizá el más flojo de todo el reparto -seguramente por contraste con el resto, que eran excepcionales- fuera Wotan, Juha Uusitalo, que sin estar mal en ningún momento no alcanzó las cotas de excelencia de sus compañeros, al menos en mi opinión.


La puesta en escena es de las cosas más espectaculares que he visto, especialmente en el tercer acto, cuando aparecen todas las valquirias en el campo de batalla volando a lomos de sus corceles mecánicos. Muy bien pensado y muy bien concebido, desde luego acompaña a la teatralidad de la música. La orquesta hizo honor a su justa fama, y la dirección de Zubin Mehta... pues tengo que deciros que no me gustó demasiado. Evidentemente un músico de su categoría (es uno de mis directores favoritos) no va a dirigir mal. Simplemente su lectura de la ópera no terminó de encajarme. Excesivamente lánguida, quizá. Creo, de todas formas, que una vez se conoce el Wagner de Barenboim casi todo lo demás carece de mucho sentido. No obstante, tengo mejor recuerdo incluso de la dirección de Sebastian Weigle en la Valquiria liceísta de hace un año (y eso que él no contaba con una orquesta como la de Valencia).



En cualquier caso fue una noche redonda, mágica, de las que no se olvidan. Por Plácido, por la música, y también por los amigos. Porque toda experiencia intensa lo es más en compañía. Fedora, Piccolo, Álvaro, Atticus y los amigos valencianos... me alegró compartirlo con vosotros.


A la espera de poder ilustrar esta entrada con alguna de mis fotos (hecho), os dejo la impresionante cabalgata del tercer acto, con las valquirias voladoras que tanto me gustaron.


Vídeo de aitorpoter


martes 9 de junio de 2009

Extraordinario Matisse


Ayer tuve la oportunidad de visitar la que para mí es sin duda la exposición de este verano (con permiso, claro está, del gran Sorolla). Matisse, 1917-1941 es el título de la muestra que el museo Thyssen presenta como plato fuerte para los próximos meses, dedicada al período menos conocido (y quizá también menos valorado) del pintor francés. Durante estos años, habiendo llevado al límite su capacidad técnica, el maestro decide hacer un parón, huir de París y abandonar parcialmente el audaz lenguaje que había desarrollado para recuperar el volumen en las figuras. Es el tiempo en que se instala en Niza y busca no tanto la innovación formal como la conexión tanto con el espectador como con los grandes maestros del pasado. Sin abandonar nunca al omnipresente Cézanne (del que, para gozo de quienes lo veneramos, la exposición incluye una obra), Matisse se entrega sin embargo a una pintura de pequeño formato en la que lo cotidiano es pretexto para una verdadera orgía visual. El color, rey absoluto en la pintura de maestro, tiñe ahora el azul luminoso del Mediterráneo a través de ventanas que se convierten en protagonistas de interiores silenciosos con ecos de Vermeer. Sus arabescos decoran paredes, suelos y telas que cubren o muestran a odaliscas que nos hablan de Delacroix, sus mujeres distraídas o adormiladas nos hipnotizan, el torbellino de su paleta nos arrastra a una fiesta para los sentidos. Hay, además, numerosas esculturas y dibujos, que permiten completar la visión de este período creativo de Matisse, el más largo y seguramente peor comprendido de su carrera.


En esta exposición no hay una pincelada de desperdicio. Cada palmo de tela se disfruta con avidez y entusiasmo, y uno sale preguntándose cuándo va a ser la próxima vez que vuelva. Redescubrir a Matisse, encontrar una faceta nueva y fascinante de este paradigma de la modernidad, es una experiencia enriquecedora, pero sobre todo placentera. Gracias al Thyssen por esta exposición, y enhorabuena a Tomás Llorens, su comisario, por el brillantísimo trabajo. Imprescindible visita. Extraordinario Matisse.





Completísimo reportaje en El País