Vídeo de chenier24
sábado 15 de agosto de 2009
lunes 20 de julio de 2009
Felicidades, Mr. Ripley
Vídeo de pianofixer898
martes 7 de julio de 2009
Demasiado pronto

Like a rainbow
Fading in the twinkling of an eye
Gone too soon
Shiny and sparkly
And splendidly bright
Here one day
Gone one night
Like the loss of sunlight
On a cloudy afternoon
Gone too soon
Like a castle
Built upon a sandy beach
Gone too soon
Like a perfect flower
That is just beyond your reach
Gone too soon
Born to amuse, to inspire, to delight
Here one day
Gone one night
Like a sunset
Dying with the rising of the moon
Gone too soon...
sábado 4 de julio de 2009
Y el misterio del amor es más grande que el misterio de la muerte...

Todo es pobre en este montaje, todo ralla el ridículo más irritante. El Bautista, Mark Delavan (cuya voz encontré con poco volumen para este papel), se pasea por la escena, aparece y desaparece, en lo que quiere ser una especie de presencia misteriosa y resulta un mareo aburridísimo. Herodes, caracterizado como Karl Lagerfeld (el brillante diseñador, convertido aquí en clown, quiere simbolizar algo como la ampulosidad vacua de la época actual, o vaya usted a saber qué otra sandez), da saltitos de acá para allá, le quita la silla a su opulenta mujer, la reina Herodías, la pecadora incestuosa, que cae de culo o hace eses y ríe a carcajadas, pasada de champán. Ambos parecen sacados de Matrimoniadas, y es una lástima, porque ninguno de esos dos personajes es un payaso y los dos fueron cantados de manera excelente por Robert Brubaker y Jane Henschel. El baile de Salomé, por supuesto, no es tal baile. Durante estos minutos de música sensual, la Lolita de Judea se pasea por debajo de la mesa (a lo que los comensales van lanzando gritos de sobresalto) y saca una cinta de vídeo que proyecta sobre una sábana, en la que Karl Lagerfeld ha grabado una película casera de la hija de Nina Stemme y Nina Stemme, alternativamente, cepillándose el cabello. Como lo oís. Cielos, sí, la venganza de Salomé, se ha invadido su intimidad, este Herodes borrachín y clown se ha excedido un poco en el pasado, cuántas cosas nos quieren decir, qué de significado, arte puro, talento a raudales. Salomé no baila, pero hay un vídeo casero en una sábana ¡y luego el proyector se vuelve hacia el público, en el colmo de la transgresión! Vivan las mentes brillantes.
¿Y el final? ¿Qué hay de ese crescendo magistral que culmina con la princesa besando la boca muerta de Jochanaan? Pues hay un grupo de gente, invitados a la fiesta y soldados-guardaespaldas, corriendo de un lado a otro del fondo del escenario al más puro estilo Benny Hill mientras Salomé se pregunta, en lo que es uno de los momentos álgidos de la ópera, por qué no grita el Bautista. El Bautista que, por cierto, también cruza la escena, como los muñecos de guiñol, mirando hacia atrás a ver si lo sigue el grupo de Benny Hill. Todo contribuye, ciertamente, a acercarnos al clímax de la obra. Clímax que se alcanza, pero sólo gracias a la genialidad de Strauss y a la interpretación magistral de Nina Stemme, porque es muy difícil hablar a una cabeza arrebatada de deseo sentada en una silla de plástico blanco sobre una mesa de salón de bodas de extrarradio urbano. Y porque cuando Herodes ordena que la maten, no sólo no lo hacen sino que aparece -sí, otra vez- el Bautista de detrás de una esquina y, con los acordes finales, se la queda mirando como diciendo "aquí estoy yo, porque he llegado". Tanto mensaje, tanta inteligencia y perspicacia me maravillan. Difícil mantener la emoción, pero ella lo hizo. Ella estuvo soberbia, a pesar de todo. Inmensa de principio a fin: gran voz, gran actriz, admirable dominio del personaje. Consiguió besar la boca de Jochanaan, como el director de escena ha conseguido que hable más de él que de la música. Sólo ahora me doy cuenta... sabía que si la mirabas así pasaría algo terrible. Y no puedo terminar sin hablar de lo mejor de Barcelona después de su Mediterráneo, su pa amb tomàquet y esos baños del Liceu donde una se siente prima donna: Mei, Joaquim, Colbrán y una charla bebiendo Atrium sobre la Rambla... ¿qué más se puede pedir? Volver pronto, claro está.
lunes 29 de junio de 2009
Más vale tarde que nunca: Rigoletto en el Real

Qué queréis, una es caótica. Como iba a asistir a varias representaciones de este Rigoletto, decidí esperar a ver todos los repartos para contaros qué me parecieron, y al final con tanta emoción se me echó encima la Valquiria... pero no puedo pasar sin hablar de ello, y no sólo por lo que estais pensando y habéis visto hasta la saciedad en informativos y periódicos. Pero también por eso. Primer bis en la historia del Teatro Real, debut del gran Leo Nucci sobre las tablas madrileñas, una de las grandes obras maestras de la historia... ¡hay mucho que contar, verbeneros!


Turno ahora para mi gran descubrimiento (junto a Zeljko Lucic, del que hablaré después) de este Rigoletto: Celso Albelo. Un joven tenor canario (tierra del tenor de tenores) que me dejó boquiabierta con la elegancia de su canto, con la facilidad con que acometió un papel tan difícil como el Duca sin que su voz delatara esfuerzo o incomodidad alguna. Pocas veces he escuchado en el teatro a un tenor cantar Verdi de esta manera, y lo cierto es que salí entusiasmada. La voz es de lírico-ligero, con un timbre fresco y muy bello, nada blanquecino, y el volumen justo (aquí tengo que hablar, y mal, del director musical, Roberto Abbado, que debió de pensar que estaba en Bayreuth porque dirigió a todo decibelio ignorando a los cantantes, y el más perjudicado fue precisamente Celso). Especialmente inspirado en el Ella mi fu rapita y Parmi veder..., cantados con una delicadeza y una elegancia tales que, cuando después supe que había estudiado con Don Carlo Bergonzi, no me extrañó lo más mínimo. Amantes de la cuerda de tenor, belcantistas y los que -como yo- no lo son tanto: hay que tomar nota de este caro nome, Celso Albelo, porque o mucho me equivoco o vamos a oír hablar mucho de él, y todo bueno. Y no quiero mencionar el repertorio francés por no precipitarme, pero... ayer mismo escuchaba su Je crois entendre encore y daba saltos de alegría. Dicho queda.
Para el final he dejado el plato fuerte de la ópera, protagonista indiscutible y muy posiblemente el papel más difícil que Verdi escribió para barítono. Ya hemos hablado del gran Nucci. Ahora quiero hablaros de un barítono que me hizo frotarme los ojos (los oídos, más bien) para ver si era cierto lo que estaba escuchando, si podía existir hoy en día un cantante capaz de convencer con Rigoletto, y no sólo eso, sino entusiasmar: Zeljko Lucic. Lucic convence, entusiasma y asombra con el cañón de su voz, con su hermoso timbre, con su capacidad para cumplir con las draconianas exigencias de Verdi tanto en el agudo como en el grave, con su dramatismo contenido e íntimo (é là, non é vero? é là, non è vero?) . Con ese Cortigiani, vil razza que hizo estremecer hasta mi último cimiento operístico, tan magistralmente cantado, tan elegante, tan sobrio pero tan profundamente conmovedor. Tres veces lo escuché, y cada función salía más convencida de que era verdad, que estaba ante un Rigoletto con mayúsculas, ante un barítono verdiano realmente extraordinario. Él ha sido, con mucho, lo que más he disfrutado de estas funciones de Rigoletto (y he disfrutado mucho). Para que juzguéis por vosotros mismos, os traigo un fragmento de su actuación en Dresde el año pasado:
Vídeo de leporello89
Sobre la puesta en escena mi opinión fue cambiando a mejor a lo largo de las funciones, y de parecerme anodina, impersonal y poco original el primer día la acabé encontrando muy atractiva y plásticamente bella. El gran fallo, como he dicho, que Rigoletto no sea deforme y que su relación con Gilda sea tan tensa. El coro me gustó. Respecto a la orquesta, principalmente creo que estuvo mal dirigida. Ya sabéis que no suelo ser muy exigente en este aspecto porque mi oído es poco versado en cuestiones musicales. Pero una obra maestra de la magnitud de Rigoletto merece ser mejor tratada (y también los cantantes, con los que hay que formar un conjunto y no arrollarlos como hizo Roberto Abbado todo el tiempo). De los Sparafuciles y las Maddalenas no voy a hablar porque ninguno me gustó, pero sí quiero tener un recuerdo para nuestra guapísima Marta Ubieta, una Condesa de Ceprano por la que cualquier duca perdería la cabeza.
Es de rigor que termine esta crónica con mi más honda y sincera admiración hacia el genio de Busetto, el grandísimo Giuseppe Verdi, al que tanto debemos quienes amamos la ópera. Nunca habrá palabras para expresar lo grande que fuiste, Maestro, pero sí puedo decir una vez más: Gracias.
viernes 26 de junio de 2009
Plácido otra vez. Plácido todavía. Plácido siempre.



A la espera de poder ilustrar esta entrada con alguna de mis fotos (hecho), os dejo la impresionante cabalgata del tercer acto, con las valquirias voladoras que tanto me gustaron.
martes 9 de junio de 2009
Extraordinario Matisse




Completísimo reportaje en El País
