lunes 29 de junio de 2009

Más vale tarde que nunca: Rigoletto en el Real


Qué queréis, una es caótica. Como iba a asistir a varias representaciones de este Rigoletto, decidí esperar a ver todos los repartos para contaros qué me parecieron, y al final con tanta emoción se me echó encima la Valquiria... pero no puedo pasar sin hablar de ello, y no sólo por lo que estais pensando y habéis visto hasta la saciedad en informativos y periódicos. Pero también por eso. Primer bis en la historia del Teatro Real, debut del gran Leo Nucci sobre las tablas madrileñas, una de las grandes obras maestras de la historia... ¡hay mucho que contar, verbeneros!

Y como bien está lo que bien acaba, vamos a empezar por el final, es decir, la función del día 22. O sea, Nucci. Para poneros en antecedentes, no es un barítono que me haya entusiasmado nunca. Pero una es mitómana, y no quería perderme ver en vivo al último gran Rigoletto de la historia operística, así que, como tantos otros, había sacado una entrada para la única función en que el divo iba a cantar. Después de haber visto en tres ocasiones a Zeljko Lucic, que goza de una voz fresca y un canto impecable, las primeras frases cantadas por Nucci me sonaron a rayos. Nunca ha sido su canto un dechado de elegancia, pero a sus casi setenta primaveras apenas queda rastro de él. Sólo pasión, energía y sabiduría en cantidades tales que, mucho antes de terminar el primer acto, que Nucci declamara o directamente gritara prácticamente todo el papel había pasado a un segundo plano: me había ganado por completo.



Para empezar, porque su Rigoletto es el verdadero Rigoletto. En un montaje donde el jorobado no es tal, ni deforme, ni patético; donde la relación con Gilda es una especie de amor-odio violento, de incomprensión en la que padre e hija se empujan, se levantan la mano, no llegan nunca a abrazarse; en un montaje así, Leo Nucci apareció con su joroba, su cojera de bufón de Ribera, su amor paternal e infinito hacia Gilda. Nos regaló su creación, ya legendaria, de uno de los personajes más emblemáticos de la historia de la ópera, demostrando que quien había concebido aquel otro Rigoletto sin joroba que zarandea a su hija se equivocaba. El de Nucci, el de verdad, llegaba infinitamente más hondo, y, sobre todo, subrayaba la música de Verdi, que habla de ese amor del padre por su hija, de la ternura con que la protege, de cuánto le atormenta ser deforme. Se han oído voces, claro está, que protestaban contra lo que entendían como una falta de respeto hacia el director de escena: que si Nucci no había ensayado, que si había ido a hacer el Rigoletto que le había dado la gana saltándose a la torera el montaje... Yo creo que, si de diez funciones en las que todo se sigue a rajatabla, hay una en la que una estrella llegada de otro tiempo arrolla como un huracán lo planeado y con eso enriquece la velada, hace cantar mejor a sus compañeros de reparto, y que el público sea feliz, no se le puede afear nada. Y Nucci pertenece a otro tiempo. Durante aquella función, me sentí como el público que llenaba los teatros en la época de Callas, Del Monaco, el gran Di Stefano... ese tiempo en que los artistas eran carismáticos y excesivos, y no importaba si no eran canónicos o estrictos porque hacían delirar al respetable, porque eran verdaderamente grandes. Nucci bisó el Si, vendetta, tremenda vendetta por el mismo motivo que se puso joroba y mimó a Patrizia Ciofi en lugar de zarandearla: porque le dió la gana. Porque es tan grande que puede permitirselo, porque sabía que eso haría feliz al público (ese público tan estricto y frío del Real, que por primera vez en la historia se desmelenó y arrojó su seriedad palco abajo), porque se sabía dueño del escenario, de la función y del teatro. Y yo, que estaba allí, que me había dado perfecta cuenta de que Nucci ya apenas canta, descubrí también que a veces, muy pocas veces, no es cantar lo más importante. Que la magia de la ópera es también la pasión, el carisma, la fuerza de un personaje eterno como Rigoletto hecho carne y hueso sobre un escenario por un barítono cuya voz gastada te puede hacer llorar cuando suplica a su hija que no se muera, te puede poner los pelos de punta cuando grita La maledizione!.


Siguiendo con esta función, quienes acompañaron al gran Nucci en la noche histórica fueron Patrizia Ciofi en el papel de Gida y Celso Albelo como Duque de Mantua. Patrizia Ciofi estuvo sencillamente magnífica. La recordaba así de los Capuleti de París (sí, aquellos que canceló la Diosa), y veo que no fue una impresión errónea. Con una voz no especialmente privilegiada (el timbre no es bello ni tiene los sobreagudos que sí da Mariola Cantarero, la otra Gilda a la que pude escuchar) consigue hacer una Gilda emotiva, bellísimamente cantada y llena de personalidad. Con un volumen y proyección más que sobrados para Verdi fue, junto a Nucci, quien más aplausos recibió, arrancando los bravos del público en las dos funciones en las que la ví. En otro par de ellas pude escuchar a nuestra Mariola Cantarero, con una concepción muy diferente del personaje. La de Mariola es una Gilda infinitamente más dulce y tierna, más desamparada, delicadísima en sus subidas al agudo (que siempre apiana) y con un timbre mucho más bello que el de Ciofi. En cambio, en conjunto, resulta menos regular, excelente en algunos fragmentos y en otros vacilante o poco audible. No evidenció tanto como en el pasado Tancredi ese vibrato que le afea el canto y que resulta chocante en una voz tan joven, pero le faltó algo para que la interpretación fuese redonda. Aún así, la Cantarero es una Gilda que cualquier teatro del mundo estaría encantado de tener.

¿Y qué pasa con los duques, esos que venían a llenar el sonoro vacío dejado por Juandi cuando anunció hace un año que no cantaría estas funciones? Dos tenores he podido escuchar, dos veces a cada uno por aquello de la "segunda opinión" (en una sola función uno corre el riesgo de quedar influído por su propio estado de ánimo o, aún peor, por una mala noche del cantante). Al primero de ellos ya lo conocía -y admiraba-, se trata de Roberto Aronica. Un magnífico tenor lírico que cada vez va cantando más papeles de lírico-spinto (el tamaño de su voz así lo permite, aunque a los que no entendemos de estas cosas siempre nos queda la duda de hasta qué punto será saludable). Como Pinkerton precisamente lo conocí, junto a la inmensa Cristina Gallardo Dômas, en aquellos tiempos en que en el Real aún se programaba Puccini... El caso es que en estas funciones, como Duca, me ha dado la sensación de que no estaba al 100%. Es lo que pasa cuando admiras a un cantante, siempre esperas que sea el de sus grandes noches. Aronica arrancó, por descontado, muchos aplausos y bravos del respetable, porque su voz es grande y bonita y es un tenor de una pieza. Pero sufrió en muchos momentos (las partes más agudas, el cuarteto) y lo encontré por debajo de sus posibilidades. Espero volver a verlo pronto, y os hablaré de él.

Turno ahora para mi gran descubrimiento (junto a Zeljko Lucic, del que hablaré después) de este Rigoletto: Celso Albelo. Un joven tenor canario (tierra del tenor de tenores) que me dejó boquiabierta con la elegancia de su canto, con la facilidad con que acometió un papel tan difícil como el Duca sin que su voz delatara esfuerzo o incomodidad alguna. Pocas veces he escuchado en el teatro a un tenor cantar Verdi de esta manera, y lo cierto es que salí entusiasmada. La voz es de lírico-ligero, con un timbre fresco y muy bello, nada blanquecino, y el volumen justo (aquí tengo que hablar, y mal, del director musical, Roberto Abbado, que debió de pensar que estaba en Bayreuth porque dirigió a todo decibelio ignorando a los cantantes, y el más perjudicado fue precisamente Celso). Especialmente inspirado en el Ella mi fu rapita y Parmi veder..., cantados con una delicadeza y una elegancia tales que, cuando después supe que había estudiado con Don Carlo Bergonzi, no me extrañó lo más mínimo. Amantes de la cuerda de tenor, belcantistas y los que -como yo- no lo son tanto: hay que tomar nota de este caro nome, Celso Albelo, porque o mucho me equivoco o vamos a oír hablar mucho de él, y todo bueno. Y no quiero mencionar el repertorio francés por no precipitarme, pero... ayer mismo escuchaba su Je crois entendre encore y daba saltos de alegría. Dicho queda.

Para el final he dejado el plato fuerte de la ópera, protagonista indiscutible y muy posiblemente el papel más difícil que Verdi escribió para barítono. Ya hemos hablado del gran Nucci. Ahora quiero hablaros de un barítono que me hizo frotarme los ojos (los oídos, más bien) para ver si era cierto lo que estaba escuchando, si podía existir hoy en día un cantante capaz de convencer con Rigoletto, y no sólo eso, sino entusiasmar: Zeljko Lucic. Lucic convence, entusiasma y asombra con el cañón de su voz, con su hermoso timbre, con su capacidad para cumplir con las draconianas exigencias de Verdi tanto en el agudo como en el grave, con su dramatismo contenido e íntimo (é là, non é vero? é là, non è vero?) . Con ese Cortigiani, vil razza que hizo estremecer hasta mi último cimiento operístico, tan magistralmente cantado, tan elegante, tan sobrio pero tan profundamente conmovedor. Tres veces lo escuché, y cada función salía más convencida de que era verdad, que estaba ante un Rigoletto con mayúsculas, ante un barítono verdiano realmente extraordinario. Él ha sido, con mucho, lo que más he disfrutado de estas funciones de Rigoletto (y he disfrutado mucho). Para que juzguéis por vosotros mismos, os traigo un fragmento de su actuación en Dresde el año pasado:

Vídeo de leporello89

Sobre la puesta en escena mi opinión fue cambiando a mejor a lo largo de las funciones, y de parecerme anodina, impersonal y poco original el primer día la acabé encontrando muy atractiva y plásticamente bella. El gran fallo, como he dicho, que Rigoletto no sea deforme y que su relación con Gilda sea tan tensa. El coro me gustó. Respecto a la orquesta, principalmente creo que estuvo mal dirigida. Ya sabéis que no suelo ser muy exigente en este aspecto porque mi oído es poco versado en cuestiones musicales. Pero una obra maestra de la magnitud de Rigoletto merece ser mejor tratada (y también los cantantes, con los que hay que formar un conjunto y no arrollarlos como hizo Roberto Abbado todo el tiempo). De los Sparafuciles y las Maddalenas no voy a hablar porque ninguno me gustó, pero sí quiero tener un recuerdo para nuestra guapísima Marta Ubieta, una Condesa de Ceprano por la que cualquier duca perdería la cabeza.

Es de rigor que termine esta crónica con mi más honda y sincera admiración hacia el genio de Busetto, el grandísimo Giuseppe Verdi, al que tanto debemos quienes amamos la ópera. Nunca habrá palabras para expresar lo grande que fuiste, Maestro, pero sí puedo decir una vez más: Gracias.


El País

ABC

El Imparcial

Nucci sobre los directores de escena

4 comentarios:

Ariodante dijo...

Lamento no haber estado en las funciones de Rigoletto en el Real, pero por lo poco que se pudo ver de Nucci en informativos nacionales, lo del bis me pareció sobredimensionado, la verdad.
Y Lucic en Dresde… bueno, la voz me gusta –y mucho–, pero lo encuentro con cierta distancia respecto a la situación. La escena me pareció casi una yuxtaposición de trozos, de los que el peor era el primero: Lucic actúa como un cantante del año pum, "primero muevo una mano, luego la otra, las voy alternando…", y hasta el "Assassini!" la cosa no se calienta (mejor dicho, se templa nada más).
¿Quizás una lectura muy germánica de una ópera que es un paradigma de italianità, dicho sea el término en el mejor de los sentidos?
Eso sí, los cortesanos como diablos resultan fantásticos.

Alvaro dijo...

Me alegré muchísimo de que estuvieras allí, se me ponen los pelos de punta solamente de ver el vídeo, muchas emociones juntas. VIVA VERDI!!!

ARIODANTE dijo...

Vaya, Papagena, ¡Qué gran comentario el tuyo!No sabes la envidia que me ha dado no haber podido estar en el Real. El asunto es que mientras viví en Madrid no me perdí casi ningúna ópera, y salí enfadada de muchas. Y claro, aqui tenia que elegir entre la tetralogía wagneriana, que me hacia gozo zampármela al completo, y Nucci. Nunca lo he visto en directo y me temo que ya no lo veré. Afortunadamente tengo buenos vídeos en los que, aunque no sea lo mismo, lógicamente, puedo recordarle como el mejor o al menos uno de los mejores Rigolettos. En fin, te repito que has hecho un articulo muy acertado.
Saludos!

Papagena dijo...

Ariodante, llevas razón en que es la interpretación escénica el aspecto en que flojea Lucic, y quizá debería pulirla un poco, pero... la interpretación vocal es maravillosa y lo compensa. Emociona con la voz. A ver si os lo llevan a Oviedo y me cuentas (aunque si lo llevan para allá la primera en ir a verlo soy yo, jajaja)

Álvaro, me acuerdo perfectamente de ese mensajito cuando viste el vídeo y que yo había estado, jejeje

Gracias ARIODANTE, por los piropillos sobre la entrada (que me quedó eteeeerna, pero es que Rigoletto es mucho Rigoletto).

Besos a los tres :-)