
Me gusta pensar que uno de los aspectos positivos de haber empezado hace relativamente poco en esto de la ópera es que existe un mundo entero de obras que desconozco por completo esperando a que las disfrute en un teatro, que es la única manera posible de disfrutar la ópera (sí, queridos: me temo que el resto son premios de consolación). Una de ellas es Der Rosenkavalier, de Richard Strauss. El pasado día 3 tuve la oportunidad de encontrarme por primera vez con esta obra larga, decadente y ecléctica, inamovible del repertorio desde su estreno en 1911, que tiene momentos de una belleza insuperable y tantas caras como pétalos una rosa. Como a menudo se dice, en Der Rosenkavalier nada es lo que parece. Ni musicalmente (la vuelta de Strauss a un lenguaje musical más convencional que el de Salomé y, sobre todo, Elektra, no lo es siempre ni tanto), ni en lo tocante a su argumento (una comedia, casi vodevil, que sin embargo esconde profundas reflexiones acerca del paso del tiempo y lo transitorio de todo), y por supuesto lo mismo sucede con sus personajes.

Para empezar, Octavian es un muchacho pero lo interpreta una mezzosoprano, en claro homenaje al Cherubino mozartiano de Le nozze di Figaro. Comienza siendo un niño mimado por su amante y presenciamos la transformación que en él obra el amor, que siempre saca lo mejor de nosotros, haciendo aflorar todo su ingenio, su valor, su honestidad y toda la madurez que se puede tener a los 17 años. Joyce Di Donato le dió vida de una manera deliciosa. Di Donato es una de las cantantes que más veces he escuchado en vivo, y nunca me defrauda. Es más, cada vez tengo la sensación de que lo ha hecho mejor que la anterior. Si hay algo que se puede decir de ella es que siempre da el cien por cien de su fuerza y su talento sobre el escenario, prepara cada personaje a conciencia, y todo esto, unido a su carisma, hace que cada una de sus interpretaciones deje algo para recordar. Tantas veces ha interpretado a muchachos que ha sabido dotar a este Octavian de una naturalidad encantadora, y por otra perte posee la vis cómica necesaria para hacer de sus encuentros con Ochs algo hilarante. Di Donato fue sin duda una de las triunfadoras de la noche, y posiblemente es responsable en buena medida de que Octavian me resultara uno de los personajes más adorables que he conocido.

Pero si hay un personaje fascinante en esta ópera, esa es la Mariscala. Tampoco ella es lo que parece: es más fuerte de lo que cree cuando el paso del tiempo la aterroriza, pero menos de lo que aparenta cuando trata de convencerse (y convencer a Octavian) de que es inútil intentar retener aquello que amamos, porque tarde o temprano nos será arrebatado. Es mejor saber tomar y soltar, porque a quien no es así la vida lo castiga. Lo que ella no sabe es que es en vano este blindaje: el dolor de la pérdida aparece en el mismo momento en que comenzamos a amar, y nadie está libre por mucho que intente esquivarlo. Es conmovedor su desasosiego cuando se da cuenta de que ha dejado partir a Octavian sin darle siquiera un beso -más aún cuando sabemos que es la última vez que se ven como amantes-, y conmovedora la entereza con que esconde su dolor al comprobar que lo que temía ha sucedido, pero mucho antes de lo que ella esperaba. Sospecho que nunca habría estado preparada. Fuerte, magnánima, pero amante y por lo tanto frágil, la Mariscala es uno de los personajes más ricos, profundos y humanos que pueblan los escenarios operísticos. Cómo desarma su sinceridad cuando ante la confusión de Octavian dice "Yo tampoco sé nada... nada en absoluto", justo antes del sublime trío final. La estupenda soprano alemana Anne Schwanewilms le dió toda su dimensión profunda y melancólica, con un canto hermoso, a veces brillante, otras introspectivo, siempre sobresaliente. Decir que ella fue la Mariscala es mucho decir. Y lo fue.

El tercer personaje en discordia, el barón Ochs, quizá no sea lo que parece en otras puestas en escena. En esta no deja de ser un gañán bastante impresentable, y quizá no sea Franz Hawlata, encargado de darle vida, el menor responsable. El bajo-barítono explota el lado cómico del personaje pero descuida ciertos aspectos vocales, o quizá sea que su voz no es especialmente privilegiada. Creo que un poco de tridimensionalidad no le vendría mal a Ochs. La joven Sophie es en mi opinión el personaje menos interesante de la ópera, y si bien -como remarcaba Ofelia Sala, que canta el personaje en estas funciones del Real- tiene su mérito rebelarse ante el matrimonio acordado por su padre (un simpatiquísimo Laurent Naouri), lo cierto es que carece de la riqueza de sus dos compañeros en este triángulo maravilloso. La soprano valenciana cantó con corrección, pero a mis ojos no brilló a la altura de Schwanewilms y Di Donato. Eso sí, las tres me regalaron uno de los momentos más bellos y emotivos de mi vida operística con el trío del tercer acto, en el que a punto estuve de morir de síndrome de Stendhal. Creo que es de las cosas más hermosas que he escuchado jamás. Alessandro Liberatore fue el encargado de sustituir a José Manuel Zapata, aquejado de una fuerte gripe, en el papel del cantante italiano, ese tenor que Strauss metió en esta ópera con calzador como si lo hubiera hecho pensando en mí. Liberatore salió airoso de su aria, lo que no es poco teniendo en cuenta que sólo contó con el ensayo general y es una de las páginas más difíciles escritas para su cuerda. Esperamos, no obstante y sin menosprecio de este joven tenor romano, la pronta recuperación de Zapata, que tan ilusionado espera reincorporarse a estas funciones para debutar el papel.

Y si alguien brilló esa noche por encima del resto, o mejor dicho, llevando al resto junto a él, fue el maestro Jeffrey Tate, que consiguió de la orquesta del Real un sonido espectacularmente bello, subrayando la sensualidad y exuberancia de la música de Strauss, marcando el ritmo dramático y llevando a su compás al público entero. Tate es sin duda uno de los directores que marcan la diferencia, bajo cuya batuta una obra hermosa puede resultar inolvidable. A pesar de mi notoria aversión hacia Gerard Mortier, no me duelen prendas en agradecerle que lo haya invitado. Y un acierto absoluto me pareció, también, la ya clásica puesta en escena de Herbert Wernicke: bella, funcional y sobre todo muy dinámica, algo imprescindible para que en una ópera de tan larga duración no baje el ritmo y en los momentos en los que no paran de suceder cosas podamos apreciarlo con claridad. No puedo sino adorar esos espejos que nos introducen en el escenario, siendo el juego barroco y velazqueño por excelencia.

Yo también encontré que Der Rosenkavalier no era lo que me parecía antes de conocerla. Encontré en lo que presumía una mascarada vienesa de decadente superficialidad las reflexiones más profundas que he escuchado hacer a un personaje de ópera, y personajes enormemente humanos donde esperaba encontrar figurines de cartón piedra. La belleza de la música de Strauss sí la esperaba, desde luego, pero no reírme tanto, ni llorar con toda el alma, ni enamorarme de Octavian y de la Mariscala. Pero en el amor, como en la vida, casi nunca suceden las cosas como esperamos, y toda precaución resulta inútil cuando se trata de sentimentos. Y al fin y al cabo, ¿qué es la ópera sino vida, amor, sentimientos..?
4 comentarios:
Vista en dvd, precisamente lo que no me gusta de esta puesta es que conviertan a Ochs en un gañán. Visto así, la ópera pierde gran parte de su sentido.
Por lo que respecta a Sophie, vale que no tiene la profundidad psicológica de la Mariscala, pero a mí me parece que está suficientemente bien caracterizada. Es la gran villana de la película, porque tiene la capacidad de mirar a la Mariscala a los ojos y decirle mentalmente: "Ahora él es mi hombre y ni tu ni nadie me lo va a quitar, me da igual lo que haya tenido contigo". Y este detalle de rebelión, para mí es muy importante. Y musicalmente, tiene la música más sublime de toda la obra. Volveré sobre este post cuando vea la función (esperemos que ya con Zapata...)
Bienvenido, butaca! :)
Sí, Sophie indudablemente tiene su carácter y su peso en el desarrollo de los acontecimientos, pero a mis ojos palidece ante la Mariscala y no siento por ella la debilidad que por Octavian. Es una perspectiva muy personal, desde luego.
Gracias por tu comentario, y estás en tu casa!
Sophie, querida Papagena, es como Eva Carrigton, la mosquita, aparentemente muerta, que acaba por ser la protagonista y no sabe que a partir del cuarto acto (inexistente claro), ella empezará a ser Mariscala.
Es un personaje esencial, vulgar por su porcedencia, como la Angelica Sedara de Il Gattopardo, bellísima y sobretodo con el poder de la juventud. Es un personaje esencial y sin él, la obra sería insoportablemente decadente.
Magnífica crónica.
Petonets
Eva Carrington... me gusta, me gusta :)
Gracias Joaquim! Un petò
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