lunes 12 de diciembre de 2011

En deuda con Bulgákov


Cuando leí El Maestro y Margarita por primera vez nunca había oído hablar de Mijaíl Bulgákov. Desconocía hasta los datos biográficos más elementales, y por supuesto las circunstancias en que vivió y produjo la que –y esto lo averiguaría después- es su obra maestra. Me encontré con la novela más fascinante que había leído en muchos años, de una originalidad absoluta, divertida como pocas, emocionante y misteriosa de principio a fin. Una obra difícil de calificar porque no se parece a ninguna otra, que sorprende en sí misma pero también porque al leerla se descubre que algunas de las obras más destacadas del siglo XX no se entienden sin su existencia previa. El Maestro y Margarita produjo en mí un impacto tan profundo que inmediatamente quise saberlo todo acerca de su autor. Quién fue, qué le gustaba hacer, a quién amó, si fue feliz o desgraciado. Y descubrí que la de Mijaíl Bulgákov era una historia triste, que no sólo no fue feliz sino que pasó gran parte de su vida sufriendo el dolor más lacerante para un escritor: que nadie pueda leer lo que escribe.

Nacido en Kíev en 1891, estudió Medicina y ejerció esta profesión hasta que en 1920, trasladado a Moscú, decidió abandonarlo todo para dedicarse por entero a la Literatura. ¿Cuánto hay que amar algo para consagrarle la vida entera? Bulgákov era un hombre extraordinariamente inteligente, con una sensibilidad fuera de lo común y un sentido del humor finísimo al que daba rienda suelta en sus textos satíricos. Lamentablemente, la URSS de Stalin no era un buen lugar para alguien con una visión aguda e independiente de las cosas. Cualquier régimen totalitario es un caldo de cultivo inmejorable para que prosperen los mediocres, triunfen los envidiosos y los mezquinos paseen con orgullo su ruindad. Los seres grises, las presencias oscuras, los necios son felices en un medio donde las inteligencias que destacan son señaladas tengan los ideales que tengan, porque piensan por sí mismas. Fue precisamente uno de estos seres rastreros y dañinos, un escritor sin talento informador del régimen, quien dio comienzo a la desgracia de Bulgákov, que en adelante lo acompañaría hasta su muerte. Infiltrado en la velada literaria doméstica de una intelectual de Moscú, el agente -cuya identidad aún no han sido revelada- escuchó al autor leer en alto Corazón de perro, su por entonces última novela aún sin publicar, y escribió un informe acusatorio que puso sobre sus pasos a la policía política. Las palabras del informe rezuman envidia, mala fe, y además estulticia. Porque Corazón de perro satiriza la forma de vida en la URSS, pero no es un ataque a la Revolución Soviética sino a los mediocres, a los necios, a los burócratas, a los pobres de alma que una mente preclara y lucidísima como la de Bulgákov no podía sino despreciar. Y lo hace de una manera tan brillante y divertida que es inevitable pensar que lo que en verdad revolvía las entrañas a aquel agente no era la sátira de algunos usos soviéticos que contiene el texto, sino el desmesurado talento que exhibe quien lo firma. “El orden soviético –decía el informe- dispone de un fiel, riguroso y perspicaz vigía, que es el Glavit [órgano encargado de la censura]. Y si mi opinión no disiente de la suya, este libro no verá la luz.” Y así fue.

El inolvidable gato Popota

A partir de ese momento, la policía política de Stalin sometió al joven escritor a una vigilancia exhaustiva: leían su correspondencia, seguían sus movimientos, y llegaron a registrar su casa, llevándose su diario personal y el manuscrito de Corazón de perro. Esta violación de su intimidad más elemental hirió profundamente a Bulgákov, que desde entonces temería siempre un nuevo registro, sufriría crisis nerviosas, y no volvió a llevar un diario. El joven y brillante dramaturgo que había llegado a tener tres obras en cartel en Moscú fue eliminado de los teatros por completo. De manera solapada o abiertamente se prohibían todas sus obras, las que llegaban a estrenarse sólo duraban un día en cartel, no podía publicar su obra dentro de la URSS y, aunque solicitó varias veces salir del país, siempre obtuvo el silencio por respuesta. “A Bulgákov se le mantiene la boca bien cerrada –reza otro informe- Él mismo lo sabe: escriba lo que escriba, no se lo publicarán.” En su desesperación llegó a escribir directamente a Stalin, que en alguna ocasión, cuando Bulgákov era un autor popular, había acudido a ver su obra al teatro. Conmueve leer la carta, que salió a la luz, como tantos otros documentos, a raíz de la Perestroika: Como escritor satírico, dice, es impensable en la URSS, donde la sátira en sí es imposible. Nadie le da trabajo, todas sus obras están prohibidas, no tiene medio alguno de subsistencia, condenado como escritor y como hombre. Solicita que se le dé un trabajo o se disponga que abandone con urgencia el territorio de la URSS. Habla un hombre desesperado, pero que aún así no renuncia a sus principios: “Lo reconozco. Considero la lucha contra la censura, cualquiera que ésta sea, sea el que fuere el poder que la sustente, mi deber de escritor, como lo es la lucha a favor de la libertad de prensa. Soy un ferviente defensor de esta libertad, y se me antoja que si a algún escritor se le ocurre declarar que no la necesita, éste se parecería a un pez que afirmara públicamente que no necesita el agua.”

El poeta revolucionario Mayakovski, a quien la URSS stalinista mató
de desengaño. Se suicidó a los 36 años.

Antes de enviar la carta, Bulgákov quemó el manuscrito de El Maestro y Margarita, por miedo a un nuevo registro. Era la primavera de 1930. A comienzos de abril, el poeta y dramaturgo Vladimir Mayakovski, ferviente bolchevique en tiempos de Lenin, se disparó una bala al corazón, doblegado por el desengaño. Tenía 36 años. Su muerte conmocionó al país entero, y es posible que, paradójicamente, salvara la vida de Bulgákov: dos escándalos de ese calibre en tan poco tiempo debieron de parecer demasiado a Stalin (no había llegado aún el Gran Terror de 1936). De resultas de la carta, por tanto, el escritor consiguió un modesto trabajo como ayudante de dirección en el Teatro Artístico, pero ya jamás podría salir de la URSS. Y fue en este encierro, en mitad de la desesperación y la angustia, silenciado como escritor, maniatado como hombre, donde Bulgákov comenzó a reescribir El Maestro y Margarita. Temiendo hasta el día de su muerte, en 1940, que la policía volviera a entrar en su casa y le robaran sus manuscritos: “En una ocasión –cuenta su viuda- incluso me obligó a levantarme de la cama y apoyándose en mi brazo, en bata, descalzo, recorrió las habitaciones para convencerse de que los manuscritos de El Maestro seguían en su lugar.”

Sólo conociendo los detalles de la vida de Bulgákov se comprenden muchas de las situaciones y diálogos de sus obras, y muy especialmente de El Maestro y Margarita, que se publicaría por primera vez en ruso 33 años después de la muerte de su autor. El hombre que no pudo ser libre en su vida lo era en sus relatos, poniendo en boca de sus personajes diálogos y situaciones reflejo de la suya propia, haciendo de sus desgracias el germen de una historia inmortal y encendiendo la oscuridad de su existencia con la luz cegadora de su imaginación sin límites. Su sonrisa irónica, su carcajada inteligente, su fantasía deslumbrante nos llegan como un regalo volando sobre la tristeza pasada, liberadas para siempre del encierro y dejando atrás aquel aparato represor como el Maestro y Margarita dejan atrás Moscú… Tenemos hoy la oportunidad extraordinaria de escuchar a Bulgákov, que tanto sufrió en su empeño por dedicarse a la Literatura, que llevó una existencia llena de amarguras por no renunciar a escribir, y que sólo después de muerto pudo cumplir su sueño de ver mundo. Ahora nadie puede impedirle viajar, y está aquí, a nuestro alcance. Buscad sus páginas, sumergíos en su mundo, que todos oigan la voz que los mediocres quisieron silenciar. Acerquémonos a Bulgákov… se lo debemos.


Bulgákov, el año de su muerte


Podéis encontrar más información y un estupendo anexo documental en la edición de Galaxia Gutemberg/Círculo de lectores de Corazón de perro y La Isla Púrpura, dentro de la colección La tragedia de la cultura. Además de disfrutar de la genial novela corta y la hilarante obra de teatro, hay un emocionante prólogo de Vitali Shentalinski y un extraordinario epílogo de Sergio Pitol.

1 comentarios:

Charlotte dijo...

Se lo debemos.Como a tantos otros.

Para que la maldad, y lo que es peor, la estupidez, no vuelvan a triunfar... por lo menos con mi ayuda.

Hoy comienzo su lectura.