
Yo estuve en el Teatro Real la noche en que los madrileños celebramos el 70 cumpleaños de Plácido Domingo. Tuve la suerte de poder compartir con él esa noche tan especial en la que un puñado de músicos, familiares, amigos y compañeros, pero sobre todo su público, nos reunimos en el teatro que adora para expresarle nuestra infinita gratitud por tantas décadas de dedicación a la música, por los innumerables momentos preciosos que nos ha regalado. La ocasión era especial, emotiva, irrepetible. Una oportunidad de devolverle a Plácido siquiera un poquito de la felicidad que él nos ha proporcionado. Desde esta perspectiva, lo mismo hubiera dado que cantase la mayor constelación de estrellas del panorama operístico actual o simples estudiantes, la celebración habría sido igualmente inolvidable. Pero si únicamente nos fijamos en el elenco, se echan en falta muchos nombres, y, sin menoscabo de quienes participaron en el concierto, creo que alguien como Plácido Domingo, famoso no sólo por ser una leyenda operística sino por su generosidad y compañerismo, merecía un reparto en el que, como se suele decir, estuvieran todos los que son. De los artistas inicialmente previstos para homenajear al tenor madrileño se descolgaron muchísimos, bastantes de los cuales tienen motivos de sobra para haber querido felicitar al maestro en su ciudad. En ocasiones así las presencias y las ausencias son más patentes que nunca, con los consiguientes retratos de sus protagonistas. Unos, como Josep Bros, que aún habiendo cancelado por enfermedad las primeras funciones de Anna Bolena en el Liceu quiso estar presente en el homenaje al maestro, salen muy favorecidos. Otros, como Angela Gheorghiu, que presenció el espectáculo cómodamente sentada en patio de butacas tras haber cancelado su participación en la gala, lo están bastante menos. Claro que la diva rumana al menos hizo acto de presencia. ¿Dónde estaban tantos y tantos que se declaran amigos, discípulos, admiradores, dónde aquellos a los que Operalia catapultó al estrellato, los que han hecho caja con conciertos multitudinarios y DVDs junto al maestro?

Afortunadamente su público no falló. Incluso se instaló una pantalla gigante en el exterior del teatro para que aquellos que no habían podido conseguir entrada disfrutaran del concierto, como así lo hicieron pese a la gélida noche madrileña. En el momento en que el gran Plácido apareció en el palco real el teatro entero derramó sobre él todo su amor y agradecimiento en forma de aplausos y bravos. Era el comienzo emocionante de una noche inolvidable. Tras un bonito vídeo en en que Plácido cantaba De este apacible rincón de Madrid por los rincones más típicos de la ciudad, apareció en el escenario Iñaki Gabilondo, que ejercía como maestro de ceremonias, y dedicó palabras de cariño y admiración al homenajeado. El concierto comenzó con tintes wagnerianos, repertorio en el que Plácido ha brillado como ningún otro en sus años de madurez, especialmente en Tannhäuser, Parsifal y Die Walküre (y de estas dos últimas puedo dar fe). De la primera sescuchamos la Entrada de los invitados, con las trompetas sonando desde la primera fila de paraíso y James Conlon calentando motores al frente de nuestra orquesta del Real. A continuación una mujer que en numerosas ocasiones ha compartido escenario wagneriano con Plácido, Deborah Polaski, interpretó el bellísimo monólogo de la Mariscala del Rosenkavalier de Strauss. De vuelta a Wagner, siguieron fragmentos de dos óperas con cuyos protagonistas el maestro nos ha hecho tocar el cielo: de Parsifal, Ángela Denoke cantó Ich sah das kind (la alemana me ha gustado más otras veces, la encontré un tanto destemplada en estas frases de Kundry); y de Die Walküre, Du bist der lenz a cargo de Anja Kampe. Esta es mi ópera wagneriana favorita: jamás escuché Siegmund como el que la otra noche se sentaba en el palco real, pero quien mejor y más veces le respondió nunca aquello de "la primavera eres tú" no estaba esa noche para cantárselo. Waltraud Meier, Sieglinde y Kundry de Plácido por excelencia, amiga, compañera, complemento de noches estratosféricas durante décadas fue, para mí, una de las ausencias más inexplicables en el homenaje.
La segunda parte del concierto comenzó de nuevo con Verdi y su Coro de esclavos de Nabucco, para volver a Don Carlo, donde un inmenso René Pape cantó la bellísima y melancólica aria de Felipe II, Ella giammai m'amò, con una elegancia, una clase y un sentimiento que pusieron el teatro patas arriba. Probablemente lo mejor de la noche musicalmente hablando.
Tiempo para el verismo, otro de los dominios sagrados del maestro: Inva Mula, asídua del Teatro Real y primera ganadora de Operalia, interpretó Stridono lassù de Pagliacci de Leoncavallo, otra de las óperas santo y seña de Plácido, cuyo Canio es inconmensurable. ¡Y qué decir de su Andrea Chénier, romántico y apasionado! De esta ópera, el barítono Lado Ataneli cantó Nemico della patria, el aria de Gérard, y fue para mí uno de los dos grandes descubrimientos de la noche. Con una voz grande, poderosa, firme, homogénea y de hermoso color, me recordó a barítonos de otro tiempo, de los que ahora no se encuentran por los teatros, y pese a su aspecto estrafalario bordó una interpretación espectacular. A ver qué os parece:
Otro de los papeles estrella del tenor madrleño ha sido sin duda el Des Grieux pucciniano. De Manon Lescaut, Ainhoa Arteta cantó el muy dramático pasaje Sola, perduta, abandonata. Era la primera vez que escuchaba en vivo a la soprano vasca y me sorprendió su voz grande y el centro hermoso, aunque algo en ella me suena artificial y no sé detectar qué es. Seguramente el que no es este el repertorio que mejor se le ajusta (exigencias del programa, imagino). La interpretación fue buena; en su debe la pose trasnochada de los brazos y la falta de garra pucciniana. Está muy guapa. La siguió el tenor Josep Bros, muy querido en Madrid por ser habitual de la Zarzuela, y que como he dicho acudió al homenaje pese a estar recuperándose de un proceso gripal. Lo hizo con la preciosa canción de Tosti L'alba separa dalla luce l'ombra. Lo cierto es que pese a ser un hombre entrañable y un gran profesional es un cantante al que escucho con enorme dificultad y por lo tanto no voy a pronunciarme.
Y llegamos a mi segundo gran descubrimiento de la noche: igual que el concierto contó con la primera ganadora de Operalia, estuvo la última, la joven soprano búlgara Sonya Yoncheva. Quizá porque la opereta es otro género querido y muy cantado por Plácido, lo hizo interpretando Meine lippen sie küssen so heiss de Giuditta de Lehár. Esta romanza la ha hecho muy popular en los últimos tiempos otra soprano, también bella y también del este, Diosa mía adorada para más señas, pero que en esta ocasión me ha decepcionado por primera vez. Anna Netrebko, ausencia entre las ausencias. Su falta fue para mí la más sonada y la menos explicable, pues no tenía ningún compromiso aquel día y su marido se encontraba entre el elenco, que también la incluía inicialmente. Pero en fin queridos, así son las cosas y ni las diosas son perfectas. Afortunadamente, quien sí cantó fue Yoncheva, y a partir de ahora pienso seguir la que estoy segura será una carrera prometedora. Lo sabéis, me ganan las voces hermosas. La de esta jovencita lo es y mucho: un timbre cremoso, sensual, de color tirando a oscuro y volumen generoso, merece la pena escucharla en directo.
Y si le ha gustado la opereta, verdadera pasión es lo que Plácido ha sentido por la Zarzuela. Embajador incansable y apasionado de nuestro género por el mundo entero, aprendió de sus padres a amarla y nos ha enseñado a todos a mirarla con otros ojos. De La marcherena de Federico Moreno Torroba cantó Ana María Martínez Tres horas antes del día, y la siguió, finalizando el turno de los solistas, el barítono uruguayo Erwin Schrott. Erwin interpretó el aria del catálogo de Leporello del Don Giovanni de Mozart derrochando gracia, sex-appeal, simpatía y cariño hacia su maestro. Derrochó de todo menos canto, pero qué queréis que os diga, me reí tanto y se trataba de una noche tan especial que no fui capaz de indignarme ni un poquito. Eso sí, valor no le faltó al chico a la hora de decidir qué cantar... estaba oscuro, pero me habria gustado ver la cara de Marta Domingo ante elección tan certera.

Afortunadamente su público no falló. Incluso se instaló una pantalla gigante en el exterior del teatro para que aquellos que no habían podido conseguir entrada disfrutaran del concierto, como así lo hicieron pese a la gélida noche madrileña. En el momento en que el gran Plácido apareció en el palco real el teatro entero derramó sobre él todo su amor y agradecimiento en forma de aplausos y bravos. Era el comienzo emocionante de una noche inolvidable. Tras un bonito vídeo en en que Plácido cantaba De este apacible rincón de Madrid por los rincones más típicos de la ciudad, apareció en el escenario Iñaki Gabilondo, que ejercía como maestro de ceremonias, y dedicó palabras de cariño y admiración al homenajeado. El concierto comenzó con tintes wagnerianos, repertorio en el que Plácido ha brillado como ningún otro en sus años de madurez, especialmente en Tannhäuser, Parsifal y Die Walküre (y de estas dos últimas puedo dar fe). De la primera sescuchamos la Entrada de los invitados, con las trompetas sonando desde la primera fila de paraíso y James Conlon calentando motores al frente de nuestra orquesta del Real. A continuación una mujer que en numerosas ocasiones ha compartido escenario wagneriano con Plácido, Deborah Polaski, interpretó el bellísimo monólogo de la Mariscala del Rosenkavalier de Strauss. De vuelta a Wagner, siguieron fragmentos de dos óperas con cuyos protagonistas el maestro nos ha hecho tocar el cielo: de Parsifal, Ángela Denoke cantó Ich sah das kind (la alemana me ha gustado más otras veces, la encontré un tanto destemplada en estas frases de Kundry); y de Die Walküre, Du bist der lenz a cargo de Anja Kampe. Esta es mi ópera wagneriana favorita: jamás escuché Siegmund como el que la otra noche se sentaba en el palco real, pero quien mejor y más veces le respondió nunca aquello de "la primavera eres tú" no estaba esa noche para cantárselo. Waltraud Meier, Sieglinde y Kundry de Plácido por excelencia, amiga, compañera, complemento de noches estratosféricas durante décadas fue, para mí, una de las ausencias más inexplicables en el homenaje.
Vídeo de roldrolddogo
Cambio de tercio hacia la ópera francesa con Bizet, que tanto y tan bien frecuentó Plácido, el mejor Don José de la historia. En esta ocasión fue Les pêcheurs de perles y uno de los dúos más hermosos jamás escritos, Au fond du temple saint, a cargo del gigante Bryn Terfel y Paul Groves, tenor del actual reparto de Iphigenie, a quien no importó estar en mitad de las funciones a la hora de actuar en la gala. Sin duda uno de los momentos de mayor belleza de la noche tras el cual entramos de lleno en Verdi, otro de los reinos indiscutibles del maestrissimo desde aquellos primeros Alfredos al reciente Simon Boccanegra. Y sobre todo la que para mí es su mayor creación, cumbre de la historia de la lírica: Otello. Tras la obertura de La forza del destino el veterano Juan Pons interpretó, precisamente de Otello, el Credo de Iago, con lo que resta de su voz poderosa: quien tuvo retuvo. Y la gran Dolora Zajick nos trajo Don Carlo, -ópera cuyo protagonista es junto a Otello el mayor logro verdiano de Plácido- con el O don fatale de Éboli. Para terminar la primera parte, otro compositor al que el protagonista de la noche ha honrado en infinitas ocasiones: Puccini. De Tosca, mi ópera favorita y en la que Plácido ha sido uno de los mejores Cavaradossis de la historia, cantó Bryn Terfel el final del primer acto, que es para mí el final de acto por excelencia: Tre sbirri, una carrozza... y el coro del Real con un espectacular Te Deum.La segunda parte del concierto comenzó de nuevo con Verdi y su Coro de esclavos de Nabucco, para volver a Don Carlo, donde un inmenso René Pape cantó la bellísima y melancólica aria de Felipe II, Ella giammai m'amò, con una elegancia, una clase y un sentimiento que pusieron el teatro patas arriba. Probablemente lo mejor de la noche musicalmente hablando.
Tiempo para el verismo, otro de los dominios sagrados del maestro: Inva Mula, asídua del Teatro Real y primera ganadora de Operalia, interpretó Stridono lassù de Pagliacci de Leoncavallo, otra de las óperas santo y seña de Plácido, cuyo Canio es inconmensurable. ¡Y qué decir de su Andrea Chénier, romántico y apasionado! De esta ópera, el barítono Lado Ataneli cantó Nemico della patria, el aria de Gérard, y fue para mí uno de los dos grandes descubrimientos de la noche. Con una voz grande, poderosa, firme, homogénea y de hermoso color, me recordó a barítonos de otro tiempo, de los que ahora no se encuentran por los teatros, y pese a su aspecto estrafalario bordó una interpretación espectacular. A ver qué os parece:
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Otro de los papeles estrella del tenor madrleño ha sido sin duda el Des Grieux pucciniano. De Manon Lescaut, Ainhoa Arteta cantó el muy dramático pasaje Sola, perduta, abandonata. Era la primera vez que escuchaba en vivo a la soprano vasca y me sorprendió su voz grande y el centro hermoso, aunque algo en ella me suena artificial y no sé detectar qué es. Seguramente el que no es este el repertorio que mejor se le ajusta (exigencias del programa, imagino). La interpretación fue buena; en su debe la pose trasnochada de los brazos y la falta de garra pucciniana. Está muy guapa. La siguió el tenor Josep Bros, muy querido en Madrid por ser habitual de la Zarzuela, y que como he dicho acudió al homenaje pese a estar recuperándose de un proceso gripal. Lo hizo con la preciosa canción de Tosti L'alba separa dalla luce l'ombra. Lo cierto es que pese a ser un hombre entrañable y un gran profesional es un cantante al que escucho con enorme dificultad y por lo tanto no voy a pronunciarme.
Y llegamos a mi segundo gran descubrimiento de la noche: igual que el concierto contó con la primera ganadora de Operalia, estuvo la última, la joven soprano búlgara Sonya Yoncheva. Quizá porque la opereta es otro género querido y muy cantado por Plácido, lo hizo interpretando Meine lippen sie küssen so heiss de Giuditta de Lehár. Esta romanza la ha hecho muy popular en los últimos tiempos otra soprano, también bella y también del este, Diosa mía adorada para más señas, pero que en esta ocasión me ha decepcionado por primera vez. Anna Netrebko, ausencia entre las ausencias. Su falta fue para mí la más sonada y la menos explicable, pues no tenía ningún compromiso aquel día y su marido se encontraba entre el elenco, que también la incluía inicialmente. Pero en fin queridos, así son las cosas y ni las diosas son perfectas. Afortunadamente, quien sí cantó fue Yoncheva, y a partir de ahora pienso seguir la que estoy segura será una carrera prometedora. Lo sabéis, me ganan las voces hermosas. La de esta jovencita lo es y mucho: un timbre cremoso, sensual, de color tirando a oscuro y volumen generoso, merece la pena escucharla en directo.
Y si le ha gustado la opereta, verdadera pasión es lo que Plácido ha sentido por la Zarzuela. Embajador incansable y apasionado de nuestro género por el mundo entero, aprendió de sus padres a amarla y nos ha enseñado a todos a mirarla con otros ojos. De La marcherena de Federico Moreno Torroba cantó Ana María Martínez Tres horas antes del día, y la siguió, finalizando el turno de los solistas, el barítono uruguayo Erwin Schrott. Erwin interpretó el aria del catálogo de Leporello del Don Giovanni de Mozart derrochando gracia, sex-appeal, simpatía y cariño hacia su maestro. Derrochó de todo menos canto, pero qué queréis que os diga, me reí tanto y se trataba de una noche tan especial que no fui capaz de indignarme ni un poquito. Eso sí, valor no le faltó al chico a la hora de decidir qué cantar... estaba oscuro, pero me habria gustado ver la cara de Marta Domingo ante elección tan certera.
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Para terminar, el regalo que Tan Dun, a instancias de Gerard Mortier, le compuso a Plácido para la ocasión: una fanfarria titulada PLA-CI-DO que entusiasmó al tenor, y el cierre musical a cargo del coro del Real y Maite Alberola, Lado Ataneli, Raúl Giménez, Paul Groves, Xavier Moreno, Inva Mula, Natascha Petrinsky, Juan Pons, Dolora Zajick y Miguel Ángel Zapater: el chispeante final de Falstaff, Tutto nel mondo è burla.
Pero no fue sino al terminar la parte musical cuando llegó lo mejor de la noche, haciendo su aparición en el escenario la gigantesca, inconmensurable, la mil veces grande Teresa Berganza. Con su gracia y las hermosas palabras que dedicó a su amigo de tantos años consiguió hacernos reír y, a mí particularmente, me emocionó hasta lo más profundo. Fue ahí cuando empecé a llorar sin remedio, y ya no pude dejar de hacerlo, porque a continuación el propio Plácido descendió del palco real a su lugar natural, el escenario. Y verlo allí, abrumado por la emoción, pidiendo disculpas por seguir en activo; escuchar al tenor más grande de todos los tiempos decir que seguirá sobre un escenario mientras pueda respirar... eso es algo que recordaré toda mi vida. Yo estuve allí, aplaudiendo a Plácido el día que confesó en voz alta con sencillez de anciano e ilusión de adolescente que "uno no puede bajarse de los escenarios", y uní a mi gratitud eterna por todo lo que ya nos ha dado la futura por todo lo que aún nos queda por recibir de él, y por esa lección de vida, de amor y de principios: seguiré sobre el escenario mientras pueda respirar. Fiel a sí mismo hasta la heroicidad, tenaz y perseverante, capaz de sortear la enfermedad y la vejez con brillo en los ojos y esa voz de terciopelo, la más hermosa que escuché jamás. Cumpliendo 70 años entre una y otra función de ópera en su teatro, en su Madrid.
Adorado en el mundo entero por derecho. Adorado por mí con amor y admiración eternas como eterno eres, Plácido, aunque en la Tierra te contemos 70 primaveras que doran con su luz el frío invierno madrileño.
Pero no fue sino al terminar la parte musical cuando llegó lo mejor de la noche, haciendo su aparición en el escenario la gigantesca, inconmensurable, la mil veces grande Teresa Berganza. Con su gracia y las hermosas palabras que dedicó a su amigo de tantos años consiguió hacernos reír y, a mí particularmente, me emocionó hasta lo más profundo. Fue ahí cuando empecé a llorar sin remedio, y ya no pude dejar de hacerlo, porque a continuación el propio Plácido descendió del palco real a su lugar natural, el escenario. Y verlo allí, abrumado por la emoción, pidiendo disculpas por seguir en activo; escuchar al tenor más grande de todos los tiempos decir que seguirá sobre un escenario mientras pueda respirar... eso es algo que recordaré toda mi vida. Yo estuve allí, aplaudiendo a Plácido el día que confesó en voz alta con sencillez de anciano e ilusión de adolescente que "uno no puede bajarse de los escenarios", y uní a mi gratitud eterna por todo lo que ya nos ha dado la futura por todo lo que aún nos queda por recibir de él, y por esa lección de vida, de amor y de principios: seguiré sobre el escenario mientras pueda respirar. Fiel a sí mismo hasta la heroicidad, tenaz y perseverante, capaz de sortear la enfermedad y la vejez con brillo en los ojos y esa voz de terciopelo, la más hermosa que escuché jamás. Cumpliendo 70 años entre una y otra función de ópera en su teatro, en su Madrid.
Adorado en el mundo entero por derecho. Adorado por mí con amor y admiración eternas como eterno eres, Plácido, aunque en la Tierra te contemos 70 primaveras que doran con su luz el frío invierno madrileño.
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9 comentarios:
Como de costumbre, me he reído mucho con algunas frases "Schrott derrochó todo menos canto" (...) "Arteta es una diva trasnochada con pose de brazos cruzados. Está muy guapa." (JAJAJAJA) Grazie!!!, comparto muchas apreciaciones: que Gheorghiu es una impresentable por no haber cantado, o un largo número de ausencias inexplicables de cantantes, retirados o en activo, que se han declarado grandes amigos del maestro (que van de Villazón a Carreras, pasando por Meier, Baltsa, Caballé, Furlanetto o Milnes) y muchos de los cuales no tenían excusa para no asistir, y discrepo en otras cosas, como el hecho de no pronunciarse sobre un Bros que cada vez muestra más problemas evidentes....
Menos mal que estuvieron ahí Berganza y el público, porque, para ser una gala homenaje, creo sinceramente que el señor Domingo merecía más, mucho más, respeto por parte de sus colegas.
¿Habrá sido el "efecto Mortier" el motivo por el cual algun@s ni se dignaron a pisar el Real? Quien sabe.
Una a una me sumo a todas tus palabras del momento vivido esa noche. Algo inolvidable y hermoso. Un homenaje que por fin le hace Madrid al más grande entre los grandes.
Gracias Raquel por emocionarme otra vez con tu crónica.
Fedora.
Muchas emociones nos cuentas, me alegro de que estuvieras allí.
(La Butterfly con G.Domás, el Siegmund del Liceu, el Siegmund de Valencia, el 70 cumpleaños, . . . ya van siendo unas cuantas cosas para recordar, eh? :-)
Un bacio
(Ancora un bacio)
Estupenda crónica, cara Raquel!
Gracias por compartirla y por emocionarnos.
Por cierto, felicitaciones de parte de una amiga madrileña por tu crónica y por tu blog.
Bss
Antes de criticar a los que no estaban, quizá deberías saber si se les invitó ¿no crees?
Hola Don Carlo, bienvenido a La Verbena.
Por partes... más que criticar, me extrañan sus ausencias, más aún, me parecen inconcebibles. Por otra parte sólo doy dos nombres. Uno de ellos es el de Anna Netrebko, que me consta fue invitada y en principio iba a asistir. El otro es el de Waltraud Meier, que en ningún momento estuvo en la lista.
Pero respondiendo a tu pregunta no, no creo que haga falta que Mortier te llame para que, si hay un homenaje a un gran amigo y compañero de toda una vida en su casa, quieras estar presente.
Un saludo!
Dear Raquel,
I hope you will forgive my Spanish not being good enough to write to you, but I do read it well enough to appreciate how beautifully you have described Placido's Gala Evening yourself.
Many of us have only just discovered your blog and will now have the pleasure of exploring past entries,and I notice your favourite singers are the same as mine ! Placido of course above all, and we agree SO much with your comments about the strange absences of some colleagues and
non-singing roles of others.
Perhaps eg. Anna, and Jonas (who WAS singing in Vienna) will be in Placido's 40 years at the ROH Gala
in London in October . . .
Welcome manxmaid!
Thank you for your beautiful words! I'm so happy you liked what I wrote about the Plácido's Gala Evening, specially if you didn't have to use Babblefish to read it, which I find terrible! :)
Strange as it may sound, I hadn't heard about that 40 year anniversary concert in october, but I will definitely try to be there if it's still possible! (besides, the ROH happens to be one of my favourite theatres) It would be great if Kaufmann and Netrebko could also make it.
I hope you keep visiting La Verbena and find yourself at home here.
Besos :)
Hola Raquel, me ha encantado tu crónica , has logrado que llorase por segunda vez al recordar a Plácido con la voz entrecortada y hablando a su público como si fuesemos amigos de toda la vida invitados a su casa.Siento que creas que Waltraud actuó de mala fe, pienso que si no te invitan lo mejor es no ir, te aseguro que si la denoke hubiese cantado lo de "parsifal,weile" yo hubiera echo caso a Gurnemanz y hubiese puesto los pies en polvorosa...debes ser más comprensiva con la gente, por otro lado estoy seguro de que esos amigos que no estaban en el escenario si lo hicieron con sus corazones, y seguro que el entrañable Plácido lo sabe .Un beso muy fuerte y toda la suerte del mundo.
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