
Lo confieso: escribo estas líneas aún bajo los efectos del mágico elixir... Por supuesto que existe: le funcionó a Nemorino y también a los espectadores que anoche llenábamos el Palau de Les Arts de Valencia y lo abandonamos sonrientes, con el brillo en los ojos y el calorcillo en las venas que sólo producen la pócima de Dulcamara y las buenas noches de ópera. Esas en las que a una obra hermosa se añaden buenas voces, una gran orquesta y una puesta en escena que acompañe, las que sentimos que es imposible ser más feliz que dentro de un teatro de ópera. Para mí, además, era una noche condenada a ser inolvidable porque era la primera vez que iba a escuchar en vivo a uno de mis tenores favoritos, el gran Ramón Vargas. Lo fue por esto y por muchas otras cosas, que intentaré contaros siendo lo más objetiva que me sea posible, es decir bastante poco, como sabéis.
L'Elisir d'amore es una ópera deliciosa. Con un argumento encantador y muy divertido, tiene todos los resortes de la ópera bufa pero también momentos del más bello lirismo, sello inconfundible de Donizetti. Como amante de la voz de tenor me gusta especialmente porque su protagonista , Nemorino, tiene arias y dúos maravillosos: ni que decir tiene que Ramón Vargas supo sacar partido de todos y cada uno de ellos. Una de mis mayores ilusiones, desde hacía mucho tiempo, era poder escucharlo en vivo. Cuanto más altas son las expectativas más facil es que lo esperado no las alcance, y sin embargo el maestro Vargas, tras tanto tiempo deseando el encuentro con su voz, no sólo no me decepcionó sino que me hizo disfrutar desde la primera a la última nota como muy pocos tenores lo han conseguido. Aparte de que su timbre -de un color mate muy cálido que se vuelve bronce bruñido en los agudos- me gusta especialmente, en su canto hay verdad y alma, pero también elegancia, gusto, estilo y belleza inacabables. Sencillamente, no se puede cantar mejor. Además, su Nemorino es tierno e ingenuo, y está muy enamorado, pero sabe hacerlo adorable sin caer en la torpeza. Vargas estuvo a un nivel altísimo toda la función, pero cuando cantó Una furtiva lagrima el tiempo se detuvo en un instante verdaderamente sublime, de esos que cualquier amante de la ópera desea guardar en su cofrecito de tesoros. Creí que mi corazón no resistiría tanta belleza, pero una vez más he sobrevivido, y me siento muy afortunada de poder compartirlo con vosotros.

Debutaba en esta producción junto al tenor mexicano la joven soprano sevillana Rocío Ignacio, con una voz y un físico ideales para el papel de Adina. La escuchaba por primera vez, y al igual que me pasó con Vittorio Grigolo en su día, tengo que deciros que no entiendo la razón de las críticas negativas que a menudo he leído sobre ella. Evidentemente tiene sus defectos, como todo cantante joven, (el que más noté yo fueron los agudos algo estridentes en contraste con la belleza del centro) pero también son muchas las virtudes que posee, y de las que a buen seguro, si continúa perfeccionando su técnica, logrará sacar cada vez más partido. Rocío no se achicó ante la tesitura de compartir protagonismo con todo un Ramón Vargas, estuvo desenvuelta, coqueta y graciosa y era evidente el esfuerzo por mimar cada detalle de su interpretación y de su canto a lo largo de toda la ópera. Dio lo mejor de sí misma y el público así se lo reconoció en los saludos, pues recibió una calurosa y merecida ovación.

Como Belcore, otro cantante muy joven pero ya más que consagrado, el barítono romano Fabio Capitanucci. A su preciosa voz y su dominio del repertorio belcantista, Capitanucci añadió esta vez, ayudado por la puesta en escena de Damiano Michieletto, que así lo propiciaba, grandes dosis de vis cómica, componiendo un Belcore divertidísimo. El belcanto es el territorio por excelencia de Fabio, y su seguridad y aplomo en este estilo no sólo nos permiten disfrutar de su línea de canto sino que embellecen considerablemente los números de conjunto: es una garantía y un lujo para cualquier ópera belcantista (aunque últimamente está ampliando fronteras: su debut como Marcello de La Bohème del Metropolitan de Nueva York ha entusiasmado a público y críticos. Y nosotros que nos alegramos).
Y si divertido fue Belcore, ¿qué decir del Dulcamara de Erwin Schrott? Respaldado también por esta puesta en escena fresca y hasta un punto gamberra y por un personaje que lo pide, el bajo-barítono uruguayo desplegó todo el muestrario de sus dotes de showman conquistando al respetable con gracia, carisma y sentido del humor. Sabedor de que estas son sus grandes bazas en escena, junto con una voz espectacular por su hermoso color oscuro y su potencia, las explotó con sabiduría y recogió sus frutos en el fervor con que el público alabó a su Dulcamara: fue de los más aplaudidos de la noche. También era la primera vez que veía a Erwin en una ópera completa. Me gustaron mucho su entusiasmo y su entrega en escena, está claro que ama lo que hace y que pone toda la carne en el asador en cada función. Con eso me quedo, y con el tierno detalle de sacar a saludar a los niños figurantes en los aplausos finales.

Junto a ellos, no desmereció Ilona Matarazde en su breve papel de Gianetta, y la actuación del Coro de la Generalitat Valenciana fue estupenda. Brillante una vez más la orquesta con su característico sonido habitual, magnífico y empastado, y una lectura de la partitura elegante y sensual, pero quizá demasiado calmosa a veces, por parte del jovencísimo Omer Wellber.
Una historia de amor en la que nos emocionamos y reímos a carcajadas, música deliciosa y voces bellas y entregadas, una puesta en escena que realza los momentos divertidos sin romper la magia de los más íntimos, el genio de un compositor y el talento de unos músicos. Agitar bien y helo aquí: el auténtico y genuíno elixir de la felicidad. Viva la Ópera.
L'Elisir d'amore es una ópera deliciosa. Con un argumento encantador y muy divertido, tiene todos los resortes de la ópera bufa pero también momentos del más bello lirismo, sello inconfundible de Donizetti. Como amante de la voz de tenor me gusta especialmente porque su protagonista , Nemorino, tiene arias y dúos maravillosos: ni que decir tiene que Ramón Vargas supo sacar partido de todos y cada uno de ellos. Una de mis mayores ilusiones, desde hacía mucho tiempo, era poder escucharlo en vivo. Cuanto más altas son las expectativas más facil es que lo esperado no las alcance, y sin embargo el maestro Vargas, tras tanto tiempo deseando el encuentro con su voz, no sólo no me decepcionó sino que me hizo disfrutar desde la primera a la última nota como muy pocos tenores lo han conseguido. Aparte de que su timbre -de un color mate muy cálido que se vuelve bronce bruñido en los agudos- me gusta especialmente, en su canto hay verdad y alma, pero también elegancia, gusto, estilo y belleza inacabables. Sencillamente, no se puede cantar mejor. Además, su Nemorino es tierno e ingenuo, y está muy enamorado, pero sabe hacerlo adorable sin caer en la torpeza. Vargas estuvo a un nivel altísimo toda la función, pero cuando cantó Una furtiva lagrima el tiempo se detuvo en un instante verdaderamente sublime, de esos que cualquier amante de la ópera desea guardar en su cofrecito de tesoros. Creí que mi corazón no resistiría tanta belleza, pero una vez más he sobrevivido, y me siento muy afortunada de poder compartirlo con vosotros.

Debutaba en esta producción junto al tenor mexicano la joven soprano sevillana Rocío Ignacio, con una voz y un físico ideales para el papel de Adina. La escuchaba por primera vez, y al igual que me pasó con Vittorio Grigolo en su día, tengo que deciros que no entiendo la razón de las críticas negativas que a menudo he leído sobre ella. Evidentemente tiene sus defectos, como todo cantante joven, (el que más noté yo fueron los agudos algo estridentes en contraste con la belleza del centro) pero también son muchas las virtudes que posee, y de las que a buen seguro, si continúa perfeccionando su técnica, logrará sacar cada vez más partido. Rocío no se achicó ante la tesitura de compartir protagonismo con todo un Ramón Vargas, estuvo desenvuelta, coqueta y graciosa y era evidente el esfuerzo por mimar cada detalle de su interpretación y de su canto a lo largo de toda la ópera. Dio lo mejor de sí misma y el público así se lo reconoció en los saludos, pues recibió una calurosa y merecida ovación.

Como Belcore, otro cantante muy joven pero ya más que consagrado, el barítono romano Fabio Capitanucci. A su preciosa voz y su dominio del repertorio belcantista, Capitanucci añadió esta vez, ayudado por la puesta en escena de Damiano Michieletto, que así lo propiciaba, grandes dosis de vis cómica, componiendo un Belcore divertidísimo. El belcanto es el territorio por excelencia de Fabio, y su seguridad y aplomo en este estilo no sólo nos permiten disfrutar de su línea de canto sino que embellecen considerablemente los números de conjunto: es una garantía y un lujo para cualquier ópera belcantista (aunque últimamente está ampliando fronteras: su debut como Marcello de La Bohème del Metropolitan de Nueva York ha entusiasmado a público y críticos. Y nosotros que nos alegramos).
Y si divertido fue Belcore, ¿qué decir del Dulcamara de Erwin Schrott? Respaldado también por esta puesta en escena fresca y hasta un punto gamberra y por un personaje que lo pide, el bajo-barítono uruguayo desplegó todo el muestrario de sus dotes de showman conquistando al respetable con gracia, carisma y sentido del humor. Sabedor de que estas son sus grandes bazas en escena, junto con una voz espectacular por su hermoso color oscuro y su potencia, las explotó con sabiduría y recogió sus frutos en el fervor con que el público alabó a su Dulcamara: fue de los más aplaudidos de la noche. También era la primera vez que veía a Erwin en una ópera completa. Me gustaron mucho su entusiasmo y su entrega en escena, está claro que ama lo que hace y que pone toda la carne en el asador en cada función. Con eso me quedo, y con el tierno detalle de sacar a saludar a los niños figurantes en los aplausos finales.

Junto a ellos, no desmereció Ilona Matarazde en su breve papel de Gianetta, y la actuación del Coro de la Generalitat Valenciana fue estupenda. Brillante una vez más la orquesta con su característico sonido habitual, magnífico y empastado, y una lectura de la partitura elegante y sensual, pero quizá demasiado calmosa a veces, por parte del jovencísimo Omer Wellber.
Una historia de amor en la que nos emocionamos y reímos a carcajadas, música deliciosa y voces bellas y entregadas, una puesta en escena que realza los momentos divertidos sin romper la magia de los más íntimos, el genio de un compositor y el talento de unos músicos. Agitar bien y helo aquí: el auténtico y genuíno elixir de la felicidad. Viva la Ópera.
5 comentarios:
Amiga Papagena. Aunque no perdono no haber podido coincidir contigo, tengo que darte mi enhorabuena por partida triple. En primer lugar porque hayas disfrutado tanto en la Sala, luego por haber podido conocer personalmente a TU Vargas y, sobre todo, por esta espléndida crónica. Francamente, es imposible expresarlo más claro y mejor.
Yo que no soy nada elisirista, me he tragado 3 y he disfrutado enormemente gracias a todo lo que tu cuentas, pero sobre todo gracias a un Ramón Vargas inconmensurable. Cada uno de los 3 días ha cantado el aria de forma distinta, adornando el final de manera diferente, pero a cada cual más bella.
A ver si a la próxima coincidimos. Supongo que en alguna Tosca (valenciana o madrileña o ambas)
Atticus!!! Qué bonito lo que me dices, muchas gracias :)
Ya no puede pasar mucho sin que nos veamos, y va a ser en una Tosca seguro...
Muchos besos guapo!
Qué bonita la representación, la puesta en escena, el tenor prodigioso, el barítono eficaz, el bajo macizo, la soprano industriosa, los niños, el teatro...
y la facilidad para colarse en las butacas caras!
Enhorabuena por tu crónica!
antoinne, traslado tu comentario sobre la Tosca de Madrid a la entrada correspondiente :)
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