
La felicidad, casi todos lo sabemos ya, no es un estado permanente. Se aparece en instantes concretos. Esos momentos plenos, fulgurantes, quedan engarzados en la tela de nuestros recuerdos como piedras preciosas, y es su brillo el que nos da energía para atravesar todos los demás casi sin darnos cuenta, persiguiendo metas que, en el fondo, sólo buscan un nuevo encuentro con la luz de uno de estos destellos de felicidad, como quien mira al cielo a la espera del cometa en una noche de verano. La ópera me ha dado muchos de ellos, y por eso la oscuridad del teatro, cuando está a punto de alzarse el telón, es para mí el refugio donde la amargura no me alcanza, la decepción no se concibe, y todo es promesa, esperanza, horizonte. No pensé que iba a estar anoche en el Teatro Real, presenciando la última función de la temporada, esa Tosca con sabor a despedida de tantas cosas y a recuerdos imborrables. Sin embargo, minutos antes de las ocho de la tarde, me encontraba sentada en una butaca de patio, con los ojos llenos del carmín y dorado de ese telón que encerraba todo el futuro posible en aquel momento, sin terminar de creerme mi propia suerte, que para mí no hay fortuna mayor que estar allí dentro, cerca del escenario, con toda una ópera por delante. La vida entera cabe en una ópera, y, si tuviera que poner la mía en una, sería Tosca.
Tosca, que desde su primer acorde hasta la última nota late en mi pulso. Que da sentido a mi sentir cuando todo lo demás parece haberlo perdido. Tosca y su música, Tosca y sus personajes que amo como lo que más amo, la vida, porque están más vivos que mucha de la gente con la que trato a diario. El comienzo de todo, cuando hace ya tantos años escuché Recondita armonia por primera vez en un disco de arias sin tener ni idea de dónde procedía, qué personaje la cantaba ni qué estaba diciendo, y después E lucevan le stelle, y de entre todas las arias de aquel disco esas dos me atrapaban sin saber por qué. Ahora pienso que Tosca estaba en mí antes de encontrarla, que era sólo cuestión de tiempo que se cruzara en mi camino con la voz y el arte de la inconmensurable Daniela Dessì, en aquellos días ya lejanos en que los decorados que anoche cerraban la temporada se montaron por primera vez en el Real. Mi historia de amor con la ópera empieza y termina en Tosca, y a ella vuelvo, y a Puccini, cuando me doy de bruces contra una realidad ajena a mi forma de sentir, de amar, cuando el mundo se vuelve una nevera donde mi temperamento apasionado no encuentra referencias ni cobijo.
Yo vuelvo a Tosca, y también ella vuelve a mí en noches como la de ayer, intensa, hermosa, vibrante como si nunca antes hubiera sido interpretada. Pero la ópera no sería nada sin las voces, y hay voces que destacan entre todas las demás, que le dan razón de ser y aliento, así ha sido desde siempre. Porque pulsan ese resorte invisible en el fondo del alma que nos sacude todos los cimientos y nos deja indefensos, incapaces de controlar la emoción, desarmados en nuestra butaca como niños a merced del torrente de sentimientos que nos arrolla y nos devasta, pero nos hace mejores y más bellos. No hay muchas voces así. La de Jorge de León es una de ellas. Por su rotunda belleza y la hondura del sentimiento que transmite, por su fuerza torrencial, por todas esas cosas tan difíciles de explicar pero que hablan por sí mismas cuando se le escucha. Y por el cantante detrás de la voz, que es quien la domina, la moldea y la controla para canalizar toda esa pasión y crear un personaje tan real como el escalofrío que recorre la espalda cuando, con la mirada perdida, repite de espaldas a Tosca, Liberi... ; tan profundo como el nudo en la garganta cuando toma la pluma al comienzo de E lucevan le stelle y se queda quieto, incapaz de escribir siquiera la primera letra; tan lleno de poesía y de verdad como el temblor en el corazón al escucharle cantar Parlami ancor come dianzi parlavi... Son cantantes como él, voces como la suya, las que hacen que la ópera siga viva a través de los años, que hoy como hace un siglo un teatro entero contenga la respiración al comienzo del adiós a la vida, y estalle en aplausos al terminar el aria más hermosa jamás escrita para tenor. Que vibre con el Vittoria! y se enamore con Qual occhio al mondo... y al final del Recondita armonia sienta que toda una vida vale la pena por ese momento. Es por voces como la de Jorge de León que amo la ópera.
Tosca, que desde su primer acorde hasta la última nota late en mi pulso. Que da sentido a mi sentir cuando todo lo demás parece haberlo perdido. Tosca y su música, Tosca y sus personajes que amo como lo que más amo, la vida, porque están más vivos que mucha de la gente con la que trato a diario. El comienzo de todo, cuando hace ya tantos años escuché Recondita armonia por primera vez en un disco de arias sin tener ni idea de dónde procedía, qué personaje la cantaba ni qué estaba diciendo, y después E lucevan le stelle, y de entre todas las arias de aquel disco esas dos me atrapaban sin saber por qué. Ahora pienso que Tosca estaba en mí antes de encontrarla, que era sólo cuestión de tiempo que se cruzara en mi camino con la voz y el arte de la inconmensurable Daniela Dessì, en aquellos días ya lejanos en que los decorados que anoche cerraban la temporada se montaron por primera vez en el Real. Mi historia de amor con la ópera empieza y termina en Tosca, y a ella vuelvo, y a Puccini, cuando me doy de bruces contra una realidad ajena a mi forma de sentir, de amar, cuando el mundo se vuelve una nevera donde mi temperamento apasionado no encuentra referencias ni cobijo.
Yo vuelvo a Tosca, y también ella vuelve a mí en noches como la de ayer, intensa, hermosa, vibrante como si nunca antes hubiera sido interpretada. Pero la ópera no sería nada sin las voces, y hay voces que destacan entre todas las demás, que le dan razón de ser y aliento, así ha sido desde siempre. Porque pulsan ese resorte invisible en el fondo del alma que nos sacude todos los cimientos y nos deja indefensos, incapaces de controlar la emoción, desarmados en nuestra butaca como niños a merced del torrente de sentimientos que nos arrolla y nos devasta, pero nos hace mejores y más bellos. No hay muchas voces así. La de Jorge de León es una de ellas. Por su rotunda belleza y la hondura del sentimiento que transmite, por su fuerza torrencial, por todas esas cosas tan difíciles de explicar pero que hablan por sí mismas cuando se le escucha. Y por el cantante detrás de la voz, que es quien la domina, la moldea y la controla para canalizar toda esa pasión y crear un personaje tan real como el escalofrío que recorre la espalda cuando, con la mirada perdida, repite de espaldas a Tosca, Liberi... ; tan profundo como el nudo en la garganta cuando toma la pluma al comienzo de E lucevan le stelle y se queda quieto, incapaz de escribir siquiera la primera letra; tan lleno de poesía y de verdad como el temblor en el corazón al escucharle cantar Parlami ancor come dianzi parlavi... Son cantantes como él, voces como la suya, las que hacen que la ópera siga viva a través de los años, que hoy como hace un siglo un teatro entero contenga la respiración al comienzo del adiós a la vida, y estalle en aplausos al terminar el aria más hermosa jamás escrita para tenor. Que vibre con el Vittoria! y se enamore con Qual occhio al mondo... y al final del Recondita armonia sienta que toda una vida vale la pena por ese momento. Es por voces como la de Jorge de León que amo la ópera.
Su Cavaradossi está vivo, respira y ama, pero también es eterno como la música que lo acompaña. Al verlo sobre el escenario tengo la sensación constante, que me sigue desde su debut en Valencia, de estar viviendo algo grande de verdad. Era imposible que el Real no se rindiera ante tal derroche de medios, de talento y de energía; ante un tenor que es todo entrega y verdad, que da el alma desde el primer Che fai? hasta que cae muerto ante el pelotón de fusilamiento. Y por eso el público madrileño, con fama de frío y de tacaño con las palmas, aplaudió calurosamente sus dos arias, e irrumpió en una ovación atronadora cuando apareció en los saludos finales, que se prolongaron, con todo el teatro en pie, durante los minutos más largos que recuerdo desde el Simon Boccanegra de Plácido. El público que vio el primer gran triunfo de Jorge de León hace año y medio lo ensalzaba de nuevo, y el tenor, visiblemente emocionado, quiso dejar un beso en el suelo del escenario de este Teatro Real, poniendo así el mejor broche posible para el final de temporada, y un punto y seguido luminoso y prometedor a sus visitas a Madrid.
Este triunfo no habría sido lo mismo sin la espléndida interpretación de Sondra Radvanovsky, de la que ya os hablé en mi anterior crónica pero a la que no quiero dejar de citar. La diva americana compartió bravos y ovaciones merecidísimas en la que fue, en conjunto, una noche memorable. Noche en la que, en mi butaca del Real, viví dos horas de vehemente y rendido amor por la ópera, de pura y absoluta felicidad. Gracias, Puccini. Gracias, Tosca. Gracias, Jorge de León.
Este triunfo no habría sido lo mismo sin la espléndida interpretación de Sondra Radvanovsky, de la que ya os hablé en mi anterior crónica pero a la que no quiero dejar de citar. La diva americana compartió bravos y ovaciones merecidísimas en la que fue, en conjunto, una noche memorable. Noche en la que, en mi butaca del Real, viví dos horas de vehemente y rendido amor por la ópera, de pura y absoluta felicidad. Gracias, Puccini. Gracias, Tosca. Gracias, Jorge de León.


7 comentarios:
A pesar de haber estado ayer, acabo de revivir con tu crónica, la estupenda función de ayer. Empezando por esa pasión desmedida, desaforada y maravillosa que demuestras crítica tras crítica.
Efectivamente, tanto Sondra como Jorge estuvieron inconmensurables. Tras verme las seis funciones de este segundo reparto con nivel de primera, puedo asegurar que la de ayer fue la mejor.
Todos querían cerrar la temporada por todo lo alto y se esmeraron aún más que el resto de veladas.
El teatro se cayó con una estruendosa ovación, que hace tiempo que no se escuchaba. A parte de los diez colegas (grosso modo) que fuimos expresamente y que gritamos cuál tifosis, el teatro se rindió a los pies de las buenas voces, la buena música y la buena ópera.
La temporada que viene...el desierto. Ahora ya se puede decir que esto fue un éxito rotundo. No un éxito de "puestas en escena", "cúpulas prescindibles" o "snobismos", sino de VOCES, que es lo que al fin y al cabo, da sentido a la ópera.
Hasta pronto.
Tosca...el mayor lujo de esta ópera es poder leer tu crónica después.
Eso mismo.
Gracias Charlotte y Arian por vuestros comentarios. Cada uno en su estilo me han encantado :)
Un beso a los dos!
Desde luego he de felicitarte una vez mas por tus acertados comentarios. Y si una cosa tengo clara es que no solo eres una amante de la ópera, si no de Tosca, en particular. Hay que ver como le sacas nuevos matices cada vez que ves la representación. Olé por Jorge de León y por su éxito tb. en Madrid. Me descubro ante ti, una vez mas.
Tremendo post. Lo he reenviado a dos personas que se están iniciando en este mundillo de la lírica, porque creo que no sería posible explicarles mejor, lo que yo también siento cuando se apaga la luz y se levanta el telón. Vi la Tosca de 2004 (la leche) y una producción del Met en 2007 (la rehostia). Esta vez, no he podido vibrar con JdL y me ha tocado Berti (mucha voz pero nada de entusiamo; cantó "e lucevan..." como el que canta en la ducha).
Abz
Antoine, muchas gracias por tus felicitaciones, me alegra que me leas aunque estés empezando en esto de la ópera, me encanta tu entusiasmo y siempre es un placer verte por aquí :)
Gonzalo, bienvenido! Me gusta que te hayas sentido identificado. Yo también ví esa Tosca inolvidable en 2004, con la gran Dessì, a la que adoro desde entonces. Es curioso lo que dices de Berti, sentí exactamente lo mismo cuando vi su reparto, y me ha hecho gracia tu expresión porque en mi crónica de hace un par de semanas, en la que comparaba ambos repartos, decía prácticamente lo mismo (que cantó E lucevan le stelle con la misma carga emocional que si hubiera estado cantando El patio de mi casa).
Gracias por compartir tu opinión y tus experiencias, espero verte de nuevo por aquí :)
Un beso a los dos!!
Hola guapísima!
Acabo de leer tu entrada de hace 5 semanas y me has puesto los pelos de punta. Fui a Madrid con esa misma ilusión que describes tan magníficamente pero no tuve la suerte de vivir esa magia (Marco Berti). Me alegro muchísimo de que tú la vivieras.
Esto es la ilusión de todos los días (como la ONCE) pero de vez en cuando los sueños se cumplen.
Un besazo.
(Oh dolci baci, o languide carezze...)
Publicar un comentario en la entrada