domingo 24 de julio de 2011

Un delirante Barbero de Sevilla en El Escorial


De entre todas las óperas bufas, Il barbiere di Siviglia sea posiblemente la que más se presta a la locura y el desenfreno escenográficos. La obra maestra del gran Rossini es de por sí desternillante: su enredo y la brillantez con que la música lo acompaña, unido a unos recitativos que no tienen desperdicio, dan a la obra una comicidad única e inmortal a prueba de casi cualquier puesta en escena, y por lo tanto admiten la osadía en mayor medida que otras óperas. Así ha sido entendido por los directores de escena, de manera que cualquier cantante que tenga en su repertorio alguno de los personajes del Barbiere se habrá visto en situaciones inverosímiles en más de una ocasión. José Manuel Zapata, sin ir más lejos, que ha interpretado durante años al Conde Almaviva por todo el mundo, de Basilea al Metropolitan, lo ha hecho vestido de Rambo, de abejorro y de Elvis en su etapa de Las Vegas, por citar sólo tres ejemplos curiosos. Vestirse de tuno, de actor muy divo y muy gay que interpreta a un galán machote o de curandero surrealista en esta producción no ha debido de resultar demasiado sorprendente para él, pero yo tengo que deciros que, de todas las puestas en escena estrambóticas del Barbiere que conozco, esta es la que se lleva la palma. Y esto, como véis, no es decir poco.


Ambientada en el rodaje de un culebrón líder de audiencia, Almaviva, esta producción del Theater Freiburg juega con el doble ambiente, por un lado lo que sucede en el plató con los actores y el personal del teatro y por otro lo que se está rodando. Esto no es la primera vez que lo veo (a bote pronto recuerdo la última Butterfly del Real, donde se rodaba una película en los años 40, y la Sonnambula del Metropolitan, donde se ensaya una obra de teatro). Al igual que en la Butterfly, dos monitores a ambos lados del escenario muestran lo que las cámaras van rodando, aunque esta vez la cosa va un poco más allá. Se hace partícipe al púbico del juego, como si ellos fueran los asistentes al rodaje, de manera que en estos monitores aparece también publicidad y letreros del tipo "Aplaudan" "Más fuerte" al final de las arias. El doble ambiente de los dos primeros actos da lugar a contrastes divertidos, donde la vis cómica y el buen hacer interpretativo de los cantantes tiene mucho que ver. José Manuel Zapata, como os he dicho, es el actor gay divo y caprichoso que interpreta al galán, mientras que Pietro Spagnoli, Fígaro, es en la realidad un galán que coquetea con todas las damas presentes en plató pero se convierte en un asesor de imagen con mucha pluma por obra y gracia de un horrible pelucón y un foulard rosa. Ambos cantantes, aparte de ser expertos en sus respectivos papeles, destacan por su soltura escénica y sus dotes para la comedia, por lo que se mueven como pez en el agua en estas coordenadas. Manuela Custer, la Rosina, diva protagonista del culebrón que tiene un affair con el peluquero y una relación tormentosa con el galán Fígaro, está igualmente apropiada.


Junto con aciertos innegables (la hilarante y casi berlanguiana resolución del largo número de conjunto que concluye el segundo acto, con un inverosímil muerto que todos intentan ocultarle a la policía), este montaje tiene, sin embargo, unos cuantos fallos que son graves por cuanto afectan al disfrute sonoro de la obra, y nunca se debe olvidar que una ópera es principalmente un acontecimiento musical. El ruido de las ruedas de las plataformas al moverse sobre el escenario, por ejemplo, resulta escandaloso -especialmente en un teatro pequeño como es este de El Escorial-, pero sobre todo, para marcar el cambio entre escenas de la serie y lo que sucede fuera durante el rodaje, que suele ocurrir entre aria y cabaleta, el supuesto director grita "¡Corten!". No sé a vosotros, pero a mí me gusta escuchar el aria con su cabaleta tal y como el autor las concibió, que para algo una es continuidad de la otra, sin que nadie en el escenario grite en medio de ambas. Creo que un gesto habría sido suficiente. Otro pero que poner al sonido (que en este caso tiene más que ver con el teatro y por lo tanto no tiene por qué darse en otros escenarios a los que se lleve la producción) es que el foso de El Escorial es de una profundidad abismal y tenebrosa, de manera que la orquesta queda completamente enterrada -hasta el punto de que Victor Pablo Pérez tuvo que saludar asomando una mano por encima de su cabeza-. Esto perjudica la calidad del sonido, que no se aprecia con la claridad deseable (y en esta ocasión lo era mucho, pues el director burgalés se ponía por primera vez al frente de la ORCAM, de la que se encargará en adelante). A juzgar por lo que conseguí escuchar, yo habría querido algo más de chispa rossiniana.


Pero hablemos de las voces, que al fin y al cabo ellas y no la propuesta escénica de turno son verdaderos protagonistas. Poco vamos a descubrir a estas alturas del Fígaro de Pietro Spagnoli. El barítono italiano despierta sentimientos opuestos y apasionados, pero es indudablemente uno de los barberos indiscutibles de nuestros días. Me encuentro hace tiempo en el bando de sus admiradores, como sabéis. Me gustan su voz potente y oscura, su maestría en el recitativo y su aplomo escénico. Estuvo cómodo en las agilidades y seguro en los agudos, la voz la encontré fresca y en forma y el papel de galán seductor le va como un guante, porque -y también me repito- además es un señor muy guapo. José Manuel Zapata se enfrentaba a uno de sus papeles emblemáticos, pero en esta ocasión lo hacía desde la perspectiva del nuevo enfoque técnico que está dando a su voz. Nos ofreció, por tanto, un Almaviva mucho más lírico, con adornos diferentes en el Ecco ridente in cielo y sonidos bellísimos en las frases largas, con una voz consistente y hermosa. Lástima que, por exigencias de la producción, que tiene un final tan alocado como el resto con multitud de cosas ocurriendo en escena, tuviera que renunciar a cantar su aria estrella, Cessa di più resistere, que habría detenido la acción perjudicando el ritmo.

Manuela Custer
es una Rosina cumplidora, conoce sin duda el personaje y el estilo, aunque su voz palidece un poco al lado de las de los otros dos protagonistas, ciertamente de una potencia poco habitual en los cantantes rossinianos. Lorenzo Regazzo cantaba el papel de Don Basilio, en esta ocasión el actor borrachín que apenas se tiene en pie. Estuvo correcto y simpático y despachó con solvencia la lucidísima aria de La calunnia. Andrew Shore fue el que menos me gustó de todo el reparto, con pocas dosis de canto y un fuerte acento que impedía disfrutar de los recitativos, que son la sal y pimienta del Barbiere. A destacar, como es habitual, una espléndida Marta Ubieta, sobresaliente en su papel de Berta, en esta ocasión a la sazón presentadora del reality show.

En resumen, un Barbiere delirante, frenético y gamberro, que da otra vuelta de tuerca a las ya múltiples y variadas visiones estrambóticas de esta obra maestra, pero en el que lo verdaderamente destacable son unos protagonistas que son auténticos expertos en los papeles y, una vez más, la música eterna y luminosa de Rossini, que hasta sin puesta en escena ninguna resultaría divertida, chispeante y genial.

1 comentarios:

E. dijo...

Gracias por la crónica!
Hace como un año también me tocó un Rossini (Scala di seta) ambientado en un rodaje. Y con una estética bastante similar, a juzgar por las fotos. Parece que está ya todo inventado.
Besos desde chilangolandia. :P