
Los que me conocéis sabéis cuánto me gusta el cine. Más de una vez he hablado aquí de las películas que me marcaron, de las estrellas que idolatro, de momentos inolvidables vividos frente a la gran pantalla. Sin embargo no me considero cinéfila de las de carnet. Disfruto las películas sin ningún tipo de prejuicio y, aunque tengo predilección por el cine clásico, no se me caen los anillos por reírme a carcajadas con una de Jim Carrey pero tampoco hago ascos a los adornos narrativos de Isabel Coixet (es más, es una de mis directoras favoritas). Eso sí, cuando voy al cine me guía una máxima, seguramente no compartida por el grueso de los pobladores de las salas de arte y ensayo: una película puede ser más o menos lenta, alegórica o preciosista, pero lo que nunca, bajo ningún concepto puede hacer, es aburrir. Por supuesto que considero el cine un arte, pero un arte ligado desde su nacimiento al espectáculo, al entretenimiento, a la fascinación. No tolero una película aburrida, sea del género que sea, tenga las ínfulas que tenga, vaya revestida con todas las palmas, osos y espigas que se quiera. Por descontado soy bastante más estricta con el cine “de palomitas” porque es mucho más grave que aburra una película nacida exclusivamente para entretener, pero –y esto también lo hemos hablado aquí- una obra maestra no tiene por qué ser aburrida o pesada, es más, no debería serlo. El eterno ejemplo es el cine de John Ford. Os cuento esto porque, si bien no tengo prejuicios a la hora de ver una película, no comulgo con ese tópico tan extendido que autoriza a las películas “de autor”, bajo la sagrada forma del arte de los elegidos, a ser ladrillos infumables en los que uno no ve la hora de que se enciendan las luces. De ninguna manera. Menos aún si quienes la amparan son los críticos, a quienes tengo por costumbre no leer jamás (como mucho a Boyero, y no para guiarme de su opinión siempre parcial y tendenciosa sino porque me hace gracia, y en todo caso a toro pasado, es decir, a película vista).

Pues bien, toda esta introducción, a modo de carta de presentación para quienes no conozcan mis gustos cinematográficos, la he creído necesaria antes de contaros lo que me pareció El árbol de la vida, la tan polémica como taquillera película de Terrence Malick. Conociendo el perfil de su director era fácil imaginar que no se trataría de una historia al uso, chico conoce chica o mamá, papá y su casa en Arizona. El gancho de dos actores rompetaquillas como Brad Pitt y Sean Penn ha llevado al cine a mucha gente que tal vez esperaba algo más convencional, y de ahí las protestas y reclamaciones -que ignoro hasta qué punto forman parte de la promoción del film- ocurridas principalmente en Estados Unidos (afortunadamente en Europa aún estamos más acostumbrados al cine más complicado de clasificar, aunque todo se andará). Pero más allá de la particularidad que supone que una película que de no estar respaldada por grandes nombres sólo se habría estrenado en el circuito de cine independiente se proyecte en las grandes salas comerciales, está la película en sí. Que es de lo que voy a intentar hablaros, aunque será difícil.

El árbol de la vida es una de las obras más líricas, asombrosas y arrasadoramente bellas que he podido contemplar. Lo sería sólo por el impacto visual y sonoro, por la pura belleza de sus imágenes, por los planos increíbles que se suceden ante nuestros ojos acompañados por una selección musical exquisita. Sólo como espectáculo plástico y sensorial ya sería una obra de arte de inmenso valor. Pero cuenta además con un trasfondo filosófico poderoso, una carga emocional devastadora y un lenguaje poético magistral. La poesía de las emociones, la tragedia y la grandeza del ser humano y sus preguntas (el famoso silencio de Dios bergmaniano), el amor, los errores, la inocencia, lo sublime del mundo que nos rodea y las cosas que vamos perdiendo por el camino, el miedo, el dolor… son sólo algunas de las muchísimas gotas que forman el diluvio de sensaciones y emociones que es El árbol de la vida. Que es además una gran película, cine con mayúsculas. Lento, personal, críptico a veces, un ejercicio de estilo sin duda, pero gran cine. Y pese a su larga duración, no permite apartar ni un instante los ojos de la pantalla. Posee una historia y unos actores excelentes, entre los que destaca un inmenso Brad Pitt. Pitt se ha convertido en un intérprete espléndido, capaz de crear un personaje complejo y lleno de matices, de contar sólo con la mirada cosas que ya quisiera conseguir Sean Penn con todo su arsenal gestual de folclórica (aunque justo es decir que esta vez Penn sale poco y comedido). Volviendo a Brad Pitt y su personaje de padre, por citar sólo un instante de su interpretación, me queda tatuada para siempre su mirada cuando, sentado al piano, ve al hijo repetir los acordes a la guitarra fuera, en el porche. Maravillosos los niños, especialmente el joven Hunter McCracken, a lo que ayuda la sabiduría y ternura con que los retrata el director, así como a la bellísima Jessica Chastain, que parece salida de un cuadro prerrafaelita.

Como toda obra artística intensa, es difícil de verbalizar. Yo puedo deciros que al terminar permanecí un rato en la butaca sin poder moverme ni hablar, sobrepasada por la emoción, como me ocurre a veces al final de los grandes conciertos. Y que la belleza de esta película es tanta que no deberíais perdérosla, a ser posible en un cine de pantalla grande y con buen sonido (y por supuesto en versión original). Porque independientemente de las preferencias cinematográficas, basta un mínimo de sensibilidad para que El árbol de la vida se convierta en una experiencia difícil de olvidar.

Pues bien, toda esta introducción, a modo de carta de presentación para quienes no conozcan mis gustos cinematográficos, la he creído necesaria antes de contaros lo que me pareció El árbol de la vida, la tan polémica como taquillera película de Terrence Malick. Conociendo el perfil de su director era fácil imaginar que no se trataría de una historia al uso, chico conoce chica o mamá, papá y su casa en Arizona. El gancho de dos actores rompetaquillas como Brad Pitt y Sean Penn ha llevado al cine a mucha gente que tal vez esperaba algo más convencional, y de ahí las protestas y reclamaciones -que ignoro hasta qué punto forman parte de la promoción del film- ocurridas principalmente en Estados Unidos (afortunadamente en Europa aún estamos más acostumbrados al cine más complicado de clasificar, aunque todo se andará). Pero más allá de la particularidad que supone que una película que de no estar respaldada por grandes nombres sólo se habría estrenado en el circuito de cine independiente se proyecte en las grandes salas comerciales, está la película en sí. Que es de lo que voy a intentar hablaros, aunque será difícil.

El árbol de la vida es una de las obras más líricas, asombrosas y arrasadoramente bellas que he podido contemplar. Lo sería sólo por el impacto visual y sonoro, por la pura belleza de sus imágenes, por los planos increíbles que se suceden ante nuestros ojos acompañados por una selección musical exquisita. Sólo como espectáculo plástico y sensorial ya sería una obra de arte de inmenso valor. Pero cuenta además con un trasfondo filosófico poderoso, una carga emocional devastadora y un lenguaje poético magistral. La poesía de las emociones, la tragedia y la grandeza del ser humano y sus preguntas (el famoso silencio de Dios bergmaniano), el amor, los errores, la inocencia, lo sublime del mundo que nos rodea y las cosas que vamos perdiendo por el camino, el miedo, el dolor… son sólo algunas de las muchísimas gotas que forman el diluvio de sensaciones y emociones que es El árbol de la vida. Que es además una gran película, cine con mayúsculas. Lento, personal, críptico a veces, un ejercicio de estilo sin duda, pero gran cine. Y pese a su larga duración, no permite apartar ni un instante los ojos de la pantalla. Posee una historia y unos actores excelentes, entre los que destaca un inmenso Brad Pitt. Pitt se ha convertido en un intérprete espléndido, capaz de crear un personaje complejo y lleno de matices, de contar sólo con la mirada cosas que ya quisiera conseguir Sean Penn con todo su arsenal gestual de folclórica (aunque justo es decir que esta vez Penn sale poco y comedido). Volviendo a Brad Pitt y su personaje de padre, por citar sólo un instante de su interpretación, me queda tatuada para siempre su mirada cuando, sentado al piano, ve al hijo repetir los acordes a la guitarra fuera, en el porche. Maravillosos los niños, especialmente el joven Hunter McCracken, a lo que ayuda la sabiduría y ternura con que los retrata el director, así como a la bellísima Jessica Chastain, que parece salida de un cuadro prerrafaelita.

Como toda obra artística intensa, es difícil de verbalizar. Yo puedo deciros que al terminar permanecí un rato en la butaca sin poder moverme ni hablar, sobrepasada por la emoción, como me ocurre a veces al final de los grandes conciertos. Y que la belleza de esta película es tanta que no deberíais perdérosla, a ser posible en un cine de pantalla grande y con buen sonido (y por supuesto en versión original). Porque independientemente de las preferencias cinematográficas, basta un mínimo de sensibilidad para que El árbol de la vida se convierta en una experiencia difícil de olvidar.
4 comentarios:
Querida amiga, cuando he empezado a leer tu post pensaba que la ibas a machacar, pero afortunadamente eres de los que, como yo, ha quedado marcado para siempre por esta obra maestra del arte cinematográfico.
Desde que dediqué yo también una entrada a la música del film y dí mi opinión, no hago más que defender las bondades de la película frente a todos los que se aburrieron directamente o dicen que le sobra una hora...
Te paso el testigo.
Gracias por este precioso post.
Jajajaja sí, la introducción despista un poco. Precisamente es para que quede claro que, si hay algo que no tolero, es una película aburrida. Porque esta no lo es en modo alguno.
Se me escapó la entrada que le dedicaste en tu blog! Corro a buscarla y a disfrutarla.
Gracias a ti por tu cariñoso comentario :)
Un besazo!
Película diferente donde las haya y fascinante como pocas.
Diferente y fascinante...como tu crónica.
Esta película es un poema cinematográfico maravilloso, con una fuerza y una fascinación visual pocas veces vistas en una pantalla de cine. Por la forma de rodar, la utilización de la música y el uso de la luz consigue transmitir una veracidad de sentimientos y sensaciones de la pantalla al espectador que te deslumbra con la fuerza que solo tienen aquellas películas que convierten el cine en el séptimo arte.
Y como siempre, magnífica tu crónica.
Saludos cinéfilos :-)
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