viernes 9 de septiembre de 2011

En un lugar de La Mancha


En un lugar de La Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor.
Dejó su mano extendida sobre la página y levantó la vista. A través de la ventana, las copas de los álamos, mecidas por la brisa, chisporroteaban con el sol de media tarde. Cuántas tardes aún, pensó. Dos, quizá tres. Y acarició con las yemas de los dedos el papel suave, gastado, de aquella hoja en la que daba comienzo la primera parte del libro que más veces había leído. Sentía a su roce veneración y amor infinitos, pero también un pellizco de nostalgia, porque sabía que aquella sería la última. Bajo sus dedos, las letras parecían temblar inquietas como las hojas brillantes de los álamos, esperando que aquellos ojos, ya cansados e incapaces de trabajar sin la ayuda de las gafas de lectura, les dieran vida una vez más. También él estaba cansado. De ver morir a todas las personas que alguna vez lo habían querido, de que la única que aún vivía ya no lo quisiera. De que nunca nadie fuera a amar uno de sus libros como él amaba el Quijote, porque sus historias nunca moverían a risa al melancólico, ni acrecentarían la del risueño; no admirarían al discreto y desde luego el simple no se iba a molestar en leerlas, eran demasiado pretenciosas. Para borrar el sabor amargo de este último pensamiento alcanzó con la mano libre la taza de café que reposaba en la mesa junto a él, aún caliente, y dio un sorbo lento y ceremonioso. El amargor del café tiene el poder de disipar cualquier otro amargor no deseado, o al menos hacerlo más llevadero. Eso opinaba la protagonista de su novela más reciente, a la que por debilidad había salvado en el último capítulo de un virulento acceso de desamor. Estoy dando al traste con toda la historia, pero al menos que uno de los dos sobreviva, había dicho en voz alta al terminar el párrafo final. Y en ese instante también había tomado la decisión de que lo último que haría en su vida sería leer el Quijote. Qué mejor final que uno escrito por ti, viejo amigo, manco genial. Qué mejor despedida. Leerlo una vez más, y después morir.

Las pastillas estaban junto a la taza de café, ya vacía. Nunca les había dado demasiado uso, hacía tiempo que apenas dormía de todas maneras. Ahora le ayudarían a cumplir su voluntad postrera. Al principio quiso convencerse de que eran el hastío, la falta de esperanza, el profundo desencanto de la vida los que le obligaban a poner punto final a la suya. Siempre hay algo de elegancia, un barniz de altura intelectual en ese cansancio de todo, ese no necesitar ya nada. Pero la realidad era que no quería seguir viviendo porque ya nadie lo necesitaba a él. Acarició las tapas de piel en su regazo. Te vas a morir de soledad. Por eso nunca serás un verdadero escritor. Porque amas esto más que cualquier otra cosa, pero no te basta. Necesitas que te quieran. Su consuelo era que, en honor a la verdad, no era esto precisamente ajeno al mundo literario. Suicidarse como los románticos, por amor. O por la falta angustiosa de él, que a nadie mató jamás el amor correspondido.

Los álamos eran ya una sombra tenue al otro lado de la ventana. Las horas volaban en aquel cómodo sillón, bajo la luz paciente y cálida de su lámpara de lectura donde tantas noches, de blanco en blanco, había pasado página tras página de libros que a veces le había entristecido terminar. Este sería el último, y no le daba pena porque esta vez él mismo terminaría con la página final, y así evitaría esa nostalgia que oprime el corazón al cerrar un libro con el que hemos sido felices. Que es parecida a la que se siente al saber que nunca más estaremos con alguien que nos hizo reír, nos abrazó o nos preguntó cómo te encuentras, sólo que aquélla no desgarra. Cuando empiezas a necesitar gafas para leer mucha gente se ha quedado ya por el camino, dijo una vez otro de sus personajes, un viejo profesor de Ciencias que escribía a escondidas poemas de pésima calidad. Se quitó un momento las suyas para dirigir la vista al cielo sin estrellas. Cuánta gente ya en la otra orilla. Y pensó en sus padres, y en cómo uno se siente igual de huérfano que un niño aún teniendo sesenta años, o quizá más por ser consciente de ese desamparo que no tiene vuelta atrás, y cómo desde que murieron no había pasado un solo día sin que los echara de menos. Es una suerte que nadie vaya a echarme de menos a mí, y miró distraído las pastillas antes de volver a ponerse las gafas para continuar leyendo.

Y así, de turbio en turbio, amaneció el tercer día lloviendo a mares, y pocas páginas restaban. Unas horas, pensó, y se levantó a preparar el último café. Las dos primeras veces que sonó el timbre de la puerta hizo como si no lo hubiera oído. Propaganda, el gas, algún vecino pesado, qué le importaba. Pero a la tercera pensó, Gladys. Ha olvidado lo que le dije, me voy de viaje, no venga ya esta semana, yo le avisaré cuando regrese. Y dos semanas de propina, porque era una buena mujer y porque cuando te queda un Quijote de vida poco importa ya el dinero. Y cómo voy a dejarla en la puerta con la que está cayendo, tendré que decirle que retrasé mi viaje, que es hoy cuando me marcho, y que no, no tengo ropa para planchar. Pero no era Gladys. En el descansillo, sobre un charco de agua de lluvia, había otra mujer. Tenía sus mismos ojos negros y sumisos e idéntico acento, y parecía muy avergonzada de que la tormenta la hubiera sorprendido sin paraguas. Disculpe el señor, ahorita mismo recogía toda esta agua, con este tiempo uno no sabe, y ya iba a decirle que no se molestara y a cerrar la puerta, pero la mujer pareció adivinar el gesto, mi hermana me dijo que viene siempre los jueves a esta hora, pero si a usted le parece mal yo vengo más tarde. Así que Gladys no sólo ha olvidado lo que le dije sino que envía a su hermana sin previo aviso. E intentó explicarle que como le había dicho a su hermana, se iba de viaje, pero ella no lo escuchaba, hablaba atropelladamente, como quien ha ensayado muchas veces lo que va a decir y no quiere perder el hilo. Mi hermana tiene tres casas además de esta, me dijo que podía pasarse sin venir y que lo hiciera yo, sé limpiar, planchar, y pues está feo que lo diga, pero cocino mejor que ella, puedo venir los mismos días o si usted prefiere otros diferentes, yo sé que usted le paga muy bien, pero yo no necesito que me pague, y se detuvo un instante a tomar aire. Él se había quedado en el sitio, sujetando la puerta con la mano izquierda mientras la miraba perplejo, con el grueso libro aún en la derecha. Ella miró la hermosa encuadernación en piel, una cinta escapaba de entre las páginas, ya casi al final, o tal vez al principio. Luego bajó un poco la voz y repitió sin alzar la vista, no hace falta que me pague, sólo quiero que me enseñe a leer.

No sabe leer, no puede leer. Todo el vértigo que no había sentido al pensar en su propia muerte le vino de repente, y ya no la oyó decir mi hermana me dijo que usted es muy inteligente, que escribe libros, por eso es que yo había pensado. Sintió un escalofrío de compasión interminable hacia aquella persona que tenía frente a él, la mujer de ojos esquivos que ahora miraban al suelo en silencio mientras escurría lluvia frente a su puerta, que no había leído un solo libro en su vida. Que desconocía la prisa obsesiva por llegar a casa para retomar una historia que te tiene atrapado, y la tristeza cuando se termina, que jamás había pasado una noche en vela devorando páginas con ansiedad febril, ni llorado la muerte de un personaje, ni vivido en un mundo prestado hasta un poco después de volver la última hoja. No conoce nada de eso y sin embargo lo desea. Lo contrario de la muerte es el deseo, siempre habría querido que esto lo dijera uno de sus personajes pero lo había hecho uno de Tennessee Williams. Y usted va a agarrar una pulmonía si sigue ahí fuera empapada, pase, por favor, ahora mismo iba a preparar café. Voy a traerle una toalla, espere aquí. ¿Cómo se llama?

La mujer, tímida, con los ojos brillantes de gratitud, esperó donde se le había dicho, su figura chata recortada contra la ventana lluviosa, en el lugar donde un momento antes se recortaba una mesa con tazas de café vacías y dos cajas de pastillas para dormir.

Y respondió, Dulcinea.

6 comentarios:

maurizio dijo...

Raquel, como siempre es un placer leerte. Para mí tienes mucho talento y un futuro espléndido como escritora:-)
Besos.

Papagena dijo...

Maurizio, sei sempre molto gentile...
Grazie di cuore per queste parole :)

Un bacione

gonzalo (madrid) dijo...

Hay gente por ahí publicando estulticias y porquerías (y ganando dinero y premios), que no te llega al tacón de tus zapatos. Ha sido un placer leer este cuento. Gracias

Contrapunto dijo...

Un relato precioso, triste pero esperanzado. Me ha encantado.

Siempre hay alguién por quien vivir, alguien que nos necesita.
Un abrazo

Charlotte dijo...

Maravilloso...como todos los demás.

Empiezo a pensar que no es verdad ese refrán de "el buen paño en el arca se vende".

Papagena dijo...

Mil gracias, Gonzalo, Contrapunto y Charlotte, por vuestros preciosos comentarios. De corazón. Leer cosas así hace que desee seguir escribiendo.

Un beso enorme a los tres :)